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El Bolígrafo – Los nuevos retos de la ciencia y la tecnología

  • Raúl Iturralde

El constante proceso de cambio en la vida de los seres humanos se debe en gran parte a la ciencia, sus aplicaciones tecnológicas y a las prácticas innovadoras de organismos e investigadores preocupados en identificar las opciones de mejora en la calidad de vida de quienes habitamos este planeta. No ha sido un proceso sencillo, los incidentes, fracasos y enormes conflictos se manifiestan en todo momento; por otro lado, sus resultados los vemos plagados de contrastes, pues frente al gran desarrollo se observa el deterioro del medio ambiente; ante las grandes comodidades y ventajas económicas de los países desarrollados, se observa una escasa utilización de la tecnología en los países en vías de desarrollo.

En los inicios de la civilización, el desarrollo tecnológico tuvo como eje el Oriente con sus grandes aportaciones: el papel, la pólvora, el arco, la suspensión de puentes con cadenas de hierro, la brújula, la rueda de molino, el sistema decimal. Esta situación fue cambiando gradualmente hasta que el Occidente se consolidó como el centro productor de conocimiento. Actualmente los avances en informatización, la biotecnología, la electrónica y las telecomunicaciones, por mencionar algunas áreas, se deben al trabajo que naciones como Estados Unidos o Alemania realizan en el campo de la ciencia, la tecnología y la innovación.

La importancia de la ciencia y la tecnología radica en que es una forma en que el ser humano puede controlar a la naturaleza, interactuando con ella de manera armónica y responsable. Lamentablemente, la búsqueda de equilibrios en la relación hombre-naturaleza se encuentra en un punto muy delicado, donde el uso irracional de los recursos naturales amenaza la sustentabilidad de nuestro propio desarrollo.

El peligro que encierran los desequilibrios ecológicos y la creciente desigualdad social, solamente pueden atacarse desde una perspectiva integral de construcción de políticas públicas con sentido humanista, cuyos beneficios se extiendan por igual a todos los sectores sociales; y en este campo la ciencia y la tecnología deben considerarse aliados estratégicos.

En el siglo XXI, el conocimiento y la información seguirán siendo los grandes instrumentos para estimular el desarrollo científico y tecnológico y México debe convertirse en un agente de primer orden para que este sector sea un baluarte del crecimiento y la igualdad económica, pues como lo señaló el doctor Enrique Cabrero, director del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) hace un par años, invertir en ciencia, tecnología e innovación sería una medida ideal para avanzar hacia la necesaria transformación del país; para promover el crecimiento económico, fortalecer el capital humano; impulsar el desarrollo regional, también nos permitiría alcanzar la tan señalada vinculación entre los sectores productivos con la academia y el gobierno y contribuir a acrecentar la infraestructura científica del país.

En mi opinión, se vive un periodo de oportunidades ante la eventual desglobalización que está patrocinando Donald Trump. Es el momento de apostar seriamente en educación, en ciencia y tecnología, de creer en nuestras capacidades intelectuales, de aprovechar sustentablemente los enormes recursos naturales que poseemos, de convertirnos en un país que se distinga por sus aportaciones a la ciencia, a la tecnología y a la innovación; de cultivar nuevas formas de relación interpersonal y política para recuperar la confianza perdida, y, por esta vía, disminuir las desigualdades económicas y sociales. Son grandes anhelos de los mexicanos, pero estoy seguro que los tenemos al alcance de la mano.

Nos hace falta tomar las decisiones correctas.