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El dilema de los Dreamers

  • Dr. Manuel Basaldúa Hernández

El actual régimen del Gobierno Mexicano, encabezado por Peña Nieto se ha visto evidenciado en sus carencias políticas y falta de definición en todos los rubros con la llegada de Trump a la Casa Blanca. Todavía no se resuelve la cuestión del Tratado del Libre Comercio, cuando le surge otro reto más, y así sucesivamente con nuestros vecinos del norte.

La histórica relación entre México y Estados Unidos contiene capítulos que van desde guerras, pasando por cuestiones de comercio, culturales y de otros ámbitos con agravios e insolencias entre ambas naciones. Si bien hemos tolerado que nos señalen como “el patio trasero” de la Unión Americana, también nosotros nos hemos regocijado con tomarlos como un jardín vecinal de confianza. La migración laboral con todo su carácter “indocumentada” había sido tolerada durante décadas, no obstante el desprecio y menosprecio que han sufrido nuestros paisanos en la nación de las barras y las estrellas. Con cierta naturalidad, tanto en el argot popular de la clase trabajadora, rural y urbana, uno encuentra referencias de “irse al gabacho”, porque se tiene casi a la mano, a salto de mata.

Un nutrido sector de la población que tomo relevancia hace décadas entre ambas naciones fue el “chicano”. Grupo y concepto ahora olvidado, casi rebasado por otros grupos de interés y cubierto por las redes sociales, pero ahí latente aun. Los “migrantes” han dado origen al grupo emergente que ahora se ha destacado por ser el afectado colateral de las promesas de campaña y ahora órdenes ejecutivas del Presidente de Estados Unidos. Los hijos de esos trabajadores ilegales se encuentran atrapados en una burbuja legal que se antoja complicada y con pocas alternativas.  A esos hijos de migrantes y que han decidido prepararse académicamente en el sistema educativo estadounidense se les ha puesto el epíteto de “dreamers”, soñadores.  Un término hasta cierto grado ingenuo y frágil porque buscan un ascenso social que no les dará cabida adecuadamente en ninguna de las dos naciones de donde son originarios.

Los “dreamers” son cerca de dos millones de migrantes indocumentados que viajaron a EE. UU. siendo niños, y que ahora han logrado insertarse en los procesos educativos norteamericanos. Ellos son parte de los 11 millones de personas vulnerables, ahora señaladas directamente como ilegales por el gobierno de Trump, las cuales más de la mitad son de nacionalidad mexicana, el resto son de Centroamérica.  La cosa se complica porque la mayoría de los “dreamers” ya han alcanzado un status migratorio diferente, otros no lo hacen aun pero están en vías de lograrlo, dependiendo de su habilidad y conocimiento para documentarse, pero sus familiares no gozan de esas prerrogativas.   En el periodo del Presidente Obama los dreamers fueron objeto de un rango que se llamó “beneficio de acción diferida”, conocido como DACA por su nombre en inglés, que les otorgaba el derecho de no ser deportados, de pedir permiso de trabajo por dos años, y la oportunidad de ser renovable, incluso pedir un número de seguro social, y hasta solicitar una licencia de manejo.  Algunos de estos “dreamers” hasta pueden inscribirse en universidades públicas pagando su matrícula como si fueran residentes legales, recibiendo una inscripción “in state”.  Sin embargo, muchos de ellos aunque se pueden graduar no pueden trabajar legalmente, incluso pueden llegar a ser deportados cuando efectúen contratos laborales cayendo así en actos ilegales si no obedecen esa regla. Muchos de los “dreamers” son ayudados por organizaciones, mayoritariamente religiosas, que los asesoran en sus procesos de legalización. A tal grado que se ha acuñado el término de “DACAmentados”

En el caso de que sean deportados, como ya ha estado ocurriendo con algunos connacionales en las redadas que se han aplicado, el gobierno mexicano debe recibirlos, pero no hay hasta el momento un programa o una acción gubernamental que los reciba. El presidente Enrique Peña se refirió a un pequeño grupo que llegó recientemente a la ciudad de México, pero más allá de un discurso retórico de bienvenida no sentó las bases de la recepción. La probable llegada masiva de estos jóvenes pone en evidencia el sistema educativo que tenemos porque la reforma educativa no ha solucionado sus problemas de fondo y no han quedado claras sus directrices. Los “dreamers” que lleguen se encontraran un panorama desolador en términos educativos, sin que tengamos oportunidad de aprovechar el marco de su preparación ni replicar los niveles de calidad.

Como vemos, no basta la solidaridad en las manifestaciones públicas, es urgente la elaboración de programas, sino nacionales, cuando menos de los gobiernos estatales para dar cobijo a estos jóvenes que se pueden quedar atrapados entre la persecución de EE. UU. y la incompetencia educativa de México.

 

@manuelbasaldua