imagotipo

El Teatro de la República

  • Fernando Ortiz Proal

PRIMER ACTO. DECEPCIÓN DEMOCRÁTICA. En las planas de DIARIO DE QUERÉTARO se publicó un artículo sobre la conferencia magistral titulada “De la agenda de Transparencia a la lucha contra la corrupción y la impunidad” que hace unos días impartió Eduardo Bohórquez López, director ejecutivo de Transparencia Mexicana a los diputados locales en la sede del Congreso del Estado. En dicho evento, el expositor afirmó que el 70% de los mexicanos estamos insatisfechos con nuestra democracia, porcentaje que sólo es superado por la caótica Venezuela. ¿Cómo es posible que a casi medio siglo de los trágicos acontecimientos de Tlatelolco, la percepción ciudadana sobre nuestro sistema político sea incluso más negativa que entonces? Sin lugar a dudas, el sacrificio de los estudiantes fue el detonador de los movimientos políticos y sociales que, acelerados por la ineficacia gubernamental exhibida por el sismo de 1985 y las crisis recurrentes, excesos y abusos, habrían de abrir las puertas de la pluralidad democrática y, como consecuencia de ella, de la alternancia. Pero entonces, ¿cómo entender que habiendo construido por fin un estado democrático estemos mayoritariamente decepcionados de la democracia?

SEGUNDO ACTO. ESTÉRIL ALTERNANCIA. El problema es que se ha perdido de vista que las elecciones son un medio y no un fin. Que la democracia comienza en los procesos electorales pero se consuma con gobiernos eficaces. En otras palabras, y como también aquí hemos señalado, las elecciones son un mecanismo para integrar gobiernos, siendo el verdadero reto lograr las mejores administraciones públicas. La muy significativa alternancia del 2000 y la segunda alternancia del 2012 de ninguna manera se han traducido en espacios para la reingeniería de nuestro régimen político. Por el contrario, lo que ha operado es una especie de mimetismo en virtud del cual las administraciones presidenciales del PAN, en su momento, y del PRI, actualmente, se han conducido y conducen con alarmante sincronía con prácticas identificadas con el denominado “viejo régimen”. Y si bien la alternancia en el gobierno es un síntoma positivo, parece que ya nos está quedando claro que ni es transición ni mucho menos panacea. Para el intelectual y diplomático uruguayo Héctor Gross Espiell “la continuidad (en el poder o en el gobierno), en especial si es indefinida o excesivamente prolongada, tiende a provocar el desarrollo de elementos políticos potencialmente negativos, a acentuar la arbitrariedad y a generar peligrosas expresiones de autoritarismo, unidas a la posible creencia en la pertenencia política o personal del poder, que muchísimas veces nace de su ejercicio prolongado”. Así, tenemos que en el caso de México la alternancia no ha otorgado beneficios colectivos per se.

TERCER ACTO. LA PARADOJA DE ENRIQUE. Después de perder la presidencia de la República en el 2000, el que fuera en la práctica una “secretaría de acción electoral” del gobierno en turno no logró transformarse en un verdadero partido político. Y en el caos de la derrota los restos del partido fueron rápidamente secuestrados por una horda de vividores con la intención de exprimirlos y utilizarlos para la extorsión política. Por su parte, la ideología del PRI era aquella que sexenalmente determinaba en Los Pinos el líder real del partido. Cada administración se daba un nuevo significado al siempre amplio y cómodo espectro revolucionario. De ahí que la orfandad presidencial no fuese sólo política sino particularmente ideológica. En el 2000 el tricolor perdió la Presidencia y, al mismo tiempo, perdió también el único elemento integrador ajeno al poder que tenía: un proyecto para México. Ya sin ideología el PRI no tuvo nada que ofrecer al electorado. Y sin oferta política un partido está condenado a un escandaloso fracaso. La ventaja para los tricolores fue que las demás opciones políticas ubicadas en los extremos del cuadrante político tampoco pudieron hacer una oferta atractiva. Así, aún sin ideología ni proyecto pero con un popular candidato, el PRI regresó a Los Pinos doce años después. Hoy se aprecia una elección de antología en el 2018 de la que casi cualquier opción política puede resultar ganadora. El problema, nuevamente, será la ideología y la oferta. En este sentido, nuestro amigo Enrique Ochoa está atrapado en una paradoja: ser leal al proyecto o al partido. El proyecto se termina en unos meses, el partido puede que también o, quizá, como ave fénix resurja, eso, curiosa y también paradójicamente, depende de la ideología y del proyecto que se ofrezca. En otras palabras, Enrique, quien me consta es hombre derecho y de lealtades, está atrapado en medio de dos de ellas.

TRAS BAMBALINAS. ESTÁN DE “HUEVA”. La gran mezquindad de los gobiernos mexicanos de las últimas décadas ha radicado en su incapacidad para reconocer la diversidad existente y, no obstante haber ganado en las urnas, tener la suficiente humildad, altura de miras y visión de Estado, para construir administraciones verdaderamente plurales y transparentes que reconozcan una realidad social existente que es maquillada por los sufragios. Por el contrario, el egoísmo político y la ambición son los que han prevalecido a través de esa legal pero estúpidamente inefectiva dinámica del gané y entonces recibo al país como un cheque en blanco. Mejor no lograr formar gobierno como le está ocurriendo a Mariano Rajoy en España, que formar cárteles de poder que sólo sirven repartirse al país como botín sexenal. Perdón por la expresión, es pura catarsis: han estado y están de “hueva”.

 

Notario Público 19 de Querétaro

ferortiz@notaria19qro.com