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El Teatro de la República

  • Fernando Ortiz Proal

PRIMER ACTO. TE TOCA. Más que una transformación política, la alternancia es un mero fenómeno electoral. Y sin pretender restarle importancia a un hecho que en cierta forma la tiene, política y socialmente hablando, hoy queda claro que la anhelada alternancia no representa por sí sola ni una transición democrática ni, mucho menos, una transformación profunda del sistema político o siquiera de su anquilosada estructura. Sin embargo, lo que parece estar sucediendo es la consolidación de una tendencia al “turno político”; esto es, la aparentemente cíclica inclinación de los electores mexicanos a explorar o apostar – más apreciable en los ámbitos local y municipal, aunque parece extenderse al federal – a las posibilidades de un gobierno de colores diferentes al que ostenta el poder. Y como muestra las divisas políticas que han ido y venido aquí en Queretaro y también en Chihuahua, San Luis Potosí, Quintana Roo, Tamaulipas, Jalisco, Oaxaca, Nuevo León, Sonora, Sinaloa y Zacatecas, por citar los que recordamos que ya serían 1/3 parte de las 32 entidades del país. Y en este punto vale la pena reflexionar sobre cómo en los centros urbanos más importantes, particularmente en las capitales, la mayoría ciudadana que hace apenas unos años se había inclinado notoriamente por los candidatos de un instituto político, a últimas fechas ha votado devolviéndole su confianza, o más bien depositando su esperanza, en candidatos de otro que gobernó previamente. Un subibaja político pues. Es un hecho que en la última década, no sólo en México sino en todo el mundo, ha crecido la desilusión ciudadana respecto de las franquicias políticas tradicionales. El escepticismo de la población en los institutos políticos deriva de varias razones, como son: el altísimo costo que implican para el erario público; la evidente falta de compromiso y ausencia de sensibilidad de los partidos respecto de los temas cotidianos y el hecho de que las plataformas e ideologías partidarias están totalmente disociadas de las ideas y anhelos de los nuevos grupos sociales – pregúntenle a sus hijos millennials -, además de que generalmente no se traducen en acciones de gobierno con resultados ya dejen ustedes concretos, simplemente perceptibles. Por todo esto y otros inconvenientes que aprecian los ciudadanos en los que fueron hasta todavía hace un par de décadas útiles conectores entre la sociedad y los espacios públicos, la población emite sus sufragios por las personas y por las propuestas que enarbolan en lo particular. Y al momento de emitir su sufragio, el grueso de los electores también analiza el ejercicio de gobierno, tanto a nivel nacional como local y municipal.

SEGUNDO ACTO. LA ESTÚPIDA IDEA DE QUE LOS PROBLEMAS DE MÉXICO SE RESOLVERÍAN EN LAS URNAS. A principios de los noventas en los pasillos de la Facultad de Derecho de la UNAM se distinguían cuatro opiniones respecto del futuro político del país: aquellos que consideraban que la pluralidad democrática solucionaría los problemas de México; los que apostaban a la alternancia como el medio para sacar a México del rezago; aquellos que veían en la derrota del PRI la única forma de despertar al país; y, finalmente, los que únicamente apreciaban una solución en las filas de la izquierda mexicana. Pues bien, casi tres décadas después podemos afirmar con vergüenza que todos nos equivocamos. Ni la pluralidad, ni la alternancia, ni ver al PRI en las filas de oposición, como tampoco los gobiernos emanados de la izquierda, han servido para mejorar las condiciones políticas del país y, menos aún, las de vida de los mexicanos. Como algún intelectual mexicano señaló recientemente, y ofrezco una disculpa por recordar la frase y no al autor, pasamos de la dictadura perfecta a la democracia imperfecta. Lo cierto es que más que timados muchos hemos sido presas del autoengaño con la estúpida idea de que los problemas de México se resolverían en las urnas. Y esto no quiere decir que la democracia electoral no sea un elemento indispensable para la construcción de un régimen de justicia social, sin duda lo es, el punto es que es un elemento más cuando durante décadas lo hemos apreciado como el objetivo.

TERCER ACTO. COMO JUAN ESCUTIA, PERO SIN ENEMIGOS NI BANDERA

Como ya lo apuntamos arriba, es un secreto a voces que cada día los mexicanos aborrecen un poco más a los partidos políticos y, en general, a todo aquello que huela a política. Esta es una verdad que debemos reconocer quienes militamos en un instituto político. Al ciudadano ajeno a los vaivenes políticos, esto es, a la inmensa mayoría de la población, le vale un reverendo cacahuate el color o divisa. Afirman con hartazgo que todos somos iguales. Y, tristemente, tienen razón. Quienes creemos en la política como el único camino legítimo para lograr la justicia social no hemos estado a la altura de las circunstancias. Ya sea los políticos profesionales o quienes en cierta forma participamos o damos seguimiento al acontecer político, no hemos podido sumar fuerzas para devolverle dignidad a la cosa pública. El problema es que no se ve por ningún lado cómo vamos a salir de este escenario. Y, sin ánimo de señalar culpables, si la solución es una lucha fratricida y sanguinaria por las mieles del poder, pues ya vamos a medio camino en un salto al vacío nacional. Como Juan Escutia, pero sin enemigos ni bandera.

TRAS BAMBALINAS. MATADOR. Hace unos días tuvimos oportunidad de convivir con el matador queretano Santiago Fausto. Joven amable, sencillo, agradable, elegante y enamorado de su profesión, nos hizo favor de compartir interesantes opiniones, experiencias y reflexiones sobre el arte taurino. Santiago Fausto está próximo a regresar a los ruedos. Transmite madurez. Se nota que las experiencias lo han curtido y regresa con una esencia y consistencia distintas. Enhorabuena. Mucha suerte y más éxito al matador.

Notario Público 19 de Querétaro.

ferortiz@notaria19qro.com