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El Teatro de la República

  • Fernando Ortiz Proal

PRIMER ACTO. NUESTRO LADO DE LA BANQUETA. En un video que circula en redes sociales, en conferencia de prensa una aguerrida canciller venezolana le pone un contundente “estate quieto” al Gobierno mexicano. En cuestión de minutos Delcy Rodríguez le “recuerda” a nuestras autoridades que somos uno de los países más violentos del mundo, con constantes violaciones a los derechos humanos, de altísimo riesgo para quienes ejercen la profesión del periodismo, una descomunal desigualdad social y con un grave problema de narcotráfico. Los mexicanos nunca dejamos de ser un tanto cuanto chovinistas. Podemos ser los más críticos de nuestras realidades pero cuidadito y viene algún extranjero a hacérnoslas ver. No obstante, en esta ocasión el pleito lo inició nuestro canciller. La motivación, naturalmente evidente, tratar de asestar un golpe electoral a MORENA generando la percepción de que la crisis venezolana es el inevitable destino de México si los candidatos, y particularmente el propietario y sensei, de dicho partido político llegasen a prevalecer en las urnas. El problema es que como bien señala el analista político Joaquín Borrell, si pateas al perro luego no te sorprendas si te muerde. Y el impresentable de Nicolás Madura ladra y muerde. Un pésimo momento y peor objetivo para nuevamente transgredir el principio de no intervención, aquel que fuera un pilar histórico de la política exterior mexicana que muchos frutos rindió. La invitación al entonces candidato Trump fue otra violación a dicha regla. El punto es que si bien lo que está ocurriendo en Venezuela es un atentado contra la democracia, ¿quién es el Gobierno mexicano para lanzar la primera piedra? Si en nuestro país no hay elección que no sea descalificada, sus resultados desconocidos por los perdedores e impugnada. Como dice un joven clásico queretano: ¿a poco no? Sin justificar ni un ápice la cínica barbarie con la que se conduce del régimen de Nicolás Maduro, cierto es que mucho tenemos por hacer en México como para pretender autoerigirnos en jueces universales sobre democracia, libertad, justicia y seguridad, entre otras cosas. Primero hay que barrer nuestro lado de la banqueta antes de, quizá hasta con razón, ponernos a señalar el otro lado.

SEGUNDO ACTO. NO AVANZAMOS. Corría el año 2012 cuando durante una entrevista con motivo de la presentación del informe que cada año rinde ante el Legislativo, el presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), Raúl Plascencia Villanueva señaló que el sexenio de Felipe Calderón constituía un “episodio trágico” en materia de derechos humanos, dado el incremento de la violencia, muertes, inseguridad y el restablecimiento de prácticas violatorias a derechos fundamentales que se pensaba eran cosa del pasado, como las ejecuciones extrajudiciales y la tortura.

TERCER ACTO. MEJORES GOBERNADORES. En nuestro concepto, aquella declaración fue impecable, sin embargo, un lustro después le vemos dos cuestiones adicionales: primero, la tragedia continúa vigente; y, segundo, es equivocado responsabilizar exclusivamente a los titulares del Ejecutivo federal – quienes sin duda son responsables en primera línea -, es innegable que las trincheras de las entidades son probablemente las más delicadas y, si se hacen bien las cosas, las más efectivas. En otras palabras, que necesitamos mejores mandatarios y autoridades estatales, más comprometidos, que antepongan los avances reales en estos temas a sus proyectos políticos personales, casi siempre presidenciales o, cuando menos, senatoriales. Y es que así como no hay joven que no sea rebelde, en México no hay Gobernador que no esté convencido de que puede ser Presidente o, mínimo, senador de lista. No obstante, sin mecanismos como la segunda vuelta que aseguren una elemental legitimidad a quienes llegan a los palacios de gobierno de los estados, las posibilidades de convertirse en un líder de quien ganó con menos de dos de cada 10 votos posibles es remotísima.

TRAS BAMBALINAS. ZOPILOTEANDO. Los mismos tricolores que condicionaban la permanencia de Enrique Ochoa al frente del CEN del PRI a que se conservaran los gobiernos del Estado de México y Coahuila, son los que exigen su renuncia. Hablan de la democracia interna que cuando fueron gobernadoras, legisladores, altos funcionarios de las cámaras o del propio CEN, obviamente vía el dedazo y ejerciendo en la verticalidad de las que hoy se duelen, no dijeron nada. ¿Qué es lo que pasa? Pues que estos dinosaurios – no lo decimos despectivamente, pero ojalá y alguien saque el promedio de edad de los inconformes y les aseguro que es notablemente mayor al de los actuales integrantes del CEN – andan zopiloteando al partido. Así como apostaron a las derrotas del Edomex y Coahuila, apuestan también a la derrota del PRI en la elección federal, que evidentemente puede ser dada la cada vez más reñida e incierta contienda electoral en México y otros factores que le restan al tricolor. Y si esto sucede, se envolverán en la cómoda bandera del “selosdije”. En otras palabras, estamos ante los carroñeros de la grilla. Es que ser partido bisagra es un negociazo, si no pregúntenle a quienes usufructuaron durante 12 años esa cómoda situación. Hoy hasta fundaciones filantrópicas tienen, ¡y eso que sólo han sido servidores públicos toda su fructífera vida! Y luego nos ofendemos de las verdades que nos avienta la canciller venezolana.

Notario Público 19 de Querétaro.

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