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El Teatro de la República

  • Fernando Ortiz Proal

PRIMER ACTO. POBREZA. El enorme abismo social que ha generado la inequitativa distribución del ingreso en el mundo es un fenómeno de alarmantes dimensiones. Las diferencias nacionales en cuanto al ingreso anual per capita son escandalosas; mientras que Luxemburgo tiene uno de casi 110 mil dólares, Suiza de más de 80 mil dólares y Noruega de 73 mil dólares, Mozambique y Afganistán tienen uno de 476 y 576 dólares, respectivamente. En estos últimos dos países sus habitantes tienen un ingreso anual menor al 1% del ingreso de un suizo o un noruego. En estas condiciones, resulta obvio que la ilusión de la trilogía crecimiento económico sostenido – desarrollo social – abatimiento de la pobreza, que las instituciones financieras internacionales y sus promotores han fomentado con ahínco en las últimas décadas, se desvanece y contrasta notoriamente con la creciente miseria, cada día más lacerante, que azota y se extiende a todas las latitudes del orbe. Incluso en los países más desarrollados las condiciones de vida de los sectores menos favorecidos se han mantenido estáticas o van a la baja. Esto significa que si bien en el mejor de los casos se ha logrado conservar el nivel de vida de los individuos que pertenecen a estos grupos, sus posibilidades a futuro se han estancado y, en consecuencia, su descendencia se perfila casi fatalmente a mantenerse en el mismo sótano social. En los países pobres el problema es más serio, las masas desfavorecidas se incrementan y esta situación genera infortunio dentro de la pobreza; además, día a día numerosas familias se ven obligadas a concentrarse en los grandes centros de población, dentro o fuera de su nación. Por ello, a la falta de recursos se deben añadir los graves problemas sociales que trae consigo el hacinamiento: violencia, desintegración familiar, adicciones, prostitución, deserción estudiantil, ignorancia, condiciones insalubres y falta de oportunidades de empleo. Evidentemente, bajo estas circunstancias los canales de comunicación entre las clases sociales se estrechan aún más y esa imposibilidad de escalar en la pirámide social aniquila las esperanzas y conduce a la delincuencia como desesperada y efímera posibilidad para vivir menos mal.

SEGUNDO ACTO. COHESIÓN SOCIAL. Este familiar escenario constituye la deuda social del siglo XX y representa el reto fundamental del siglo XXI. En este sentido, Gerardo Laveaga sostiene en su libro “La cultura de la legalidad” que la fuerza del Estado encuentra su razón de ser en el consenso social. La clase dominante en un  Estado – gobierno y grupos de poder – se legitima en la medida que logra mantener la cohesión social. Y esto solo es posible cuando los distintos grupos que integran la comunidad, independientemente de sus particulares intereses gremiales, encuentran en ésta un ambiente adecuado para satisfacer sus necesidades, cuando menos aquéllas que les son básicas. Las reflexiones de Laveaga toman vigencia cuando se aprecia en gran parte de las sociedades-estado que integran nuestro mundo una alarmante disfunción entre las masas sociales y las clases dominantes. Basta ver lo acontecido en Venezuela hace unos días. Así las cosas, la pobreza es la más elocuente manifestación de esa galopante ausencia de entendimiento entre los grupos. El consenso legitima al Estado, brinda estabilidad y permite promover una axiología afín en la comunidad; y en este punto, valores como la justicia, la legalidad y la democracia encuentran las vías para su perfeccionamiento. Por su parte, el distanciamiento social que evidencia la pobreza fomenta el desencuentro, y como efecto de éste, la comunidad se asfixia en los choques de intereses que se suscitan, confundiéndose los valores que la sostienen. La continuidad del conflicto es el principal obstáculo del desarrollo.

TERCER ACTO. PRIORIDAD. El ser humano se asocia para vivir mejor. El pacto social se justifica en razón de que los individuos que integran la comunidad encuentran en su seno más y mejores satisfactores. La pobreza es la antítesis del pacto social. Combatir la penosa situación de miseria que priva en el mundo, la cual se condimenta con la acelerada explosión demográfica, es el gran reto. La comunidad internacional debe prestar atención prioritaria a este objetivo, ya que de no ser así, serán inútiles todos los esfuerzos para avanzar en los campos de la justicia, la democracia y la paz internacional.

TRAS BAMBALINAS. CRISIS SISTÉMICA. El tsunami de sistemas nacionales y estatales que se han creado para combatir la corrupción, atender a las víctimas, de seguridad y muchos etcéteras, solo evidencia la crisis del único sistema que deberíamos modernizar y fortalecer… el sistema político mexicano. La crisis de nuestro sistema político no se va a arreglar a “sistemazos”.

Notario Público 19 de Querétaro.

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