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El Teatro de la República

  • Fernando Ortiz Proal

PRIMER ACTO. ¡ESTUVO CABRÓN! Escribimos estas líneas embargados por la tristeza y los recuerdos. Si bien gozamos del privilegio de haber visto la luz en esta hermosa ciudad de Santiago de Querétaro, por el trabajo de mi padre nos mudamos y prácticamente crecimos en la Ciudad de México, metrópoli a la que profesamos enorme cariño. Crecimos en el sur de lo que fue el Distrito Federal, muy cerca de la colonia Del Valle, y por historia de vida esta zona nos toca profundamente las emociones. No obstante la problemática derivada de su dimensión y complejidad social, a la Ciudad de México le tenemos profunda gratitud. En sus escuelas nos formamos, incluyendo a nuestra querida Universidad Nacional Autónoma de México, y en sus calles aprendimos lo que las aulas no enseñan. En la Ciudad de México conocí a quien ha sido durante 28 años la mejor compañera y muchas veces guía en nuestra ruta de vida, también en la capital nos casamos y nacieron nuestros hijos. Actualmente, en la que fuera la región más transparente del aire, vive parte de nuestras familias y entrañables amigos. En pocas palabras, la Ciudad de México nos es muy próxima al alma. Por ello, crecían nuestra preocupación, impotencia y desconsuelo conforme se viralizaban las imagines y testimonios que exhibían los devastadores efectos de los sismos del pasado martes, curiosamente también un emblemático para estos efectos 19 de septiembre. Y, por un lado, de inmediato comenzaba esa angustiosa búsqueda de contacto con los seres queridos. No entran las llamadas. ¿Estará saturada la red? ¿Se cayó? ¿Se habrá ido la luz? ¿Estarán bien? Luego, a Dios gracias en nuestro caso, poco a poco se fue sabiendo que familiares y amigos estaban bien. Todos espantados pero bien. Frases recurrentes: estuvo muy fuerte; estuvo cabrón. Después, como cubetada de agua fría, el imborrable recuerdo de 1985.

SEGUNDO ACTO. 1985. En aquel entonces teníamos 14 años y cursábamos el segundo año de la Secundaria en el Centro Escolar Cedros, ubicado en las calles de Vito Alessio Robles y Tecoyotila en la Colonia Florida. Como vivíamos a un par de cuadras, el trayecto diario al colegio era a pie. Estábamos en casa alistándonos para salir a la escuela y comenzó a temblar, al principio no hubo mucha alarma, ya nos habían tocado algunos sismos, pero se comenzó a sentir más fuerte y prolongado, se cayeron algunos adornos de una repisa que estaba junto a la cocina y, entonces sí, el miedo llegó. Pero pasó. No teníamos idea del tamaño de la tragedia. Tomamos la mochila y nos enfilamos a la escuela. Llegamos y la fachada estaba cuarteada. Entramos al salón. Solo estábamos la mitad de los compañeros y casi de inmediato el profesor titular nos comunicó que no habría clases. Conforme avanzaba la mañana comenzaron a llegar los padres. Al medio día una tía llegó por un compañero, cuando se fue el maestro rompió en llanto. Entonces nos dijo que sus dos hermanas mayores estaban en uno de los laboratorios del Instituto Cultural situado en Miguel Ángel de Quevedo y que se había derrumbado. Después de eso nos dejaron salir al resto. Caminamos a la casa. Prendimos la televisión y a cuenta gotas, en comparación con la velocidad, cantidad y calidad en el flujo de información en la actualidad, nos fuimos percatando de la magnitud de lo ocurrido. Vivíamos nuestra primera tragedia con conciencia de ello.

TERCER ACTO. ¡VIVA MÉXICO! También conforme pasaron los días y pese al dolor, sentimos un gran orgullo por ser mexicanos. El mayor tesoro de nuestro país es la solidaridad de su gente. Cuando la tragedia azota acreditamos una admirable voluntad para enfrentarla en unidad. Y aunque hay inadaptados que abusan de la desgracia, afortunadamente son nada junto a los miles de hombres y mujeres que se solidarizan. En este sentido, las imágenes de 1985 se funden con las de hoy en las interminables cadenas humanas que dejan todo para sumarse a la búsqueda y rescate de los sobrevivientes. Surge la que pareciera innata capacidad de los mexicanos para en los momentos de verdaderas crisis dejar de lado lo superfluo para trabajar en equipo y sacrificarse por los demás. En la mayoría de los casos sin retribuciones o beneficios de por medio. Ciudadanos ejemplares. Héroes anónimos. Desde los topos que arriesgan la vida para localizar a las personas atrapadas hasta las personas que les llevan agua, café y alimentos a los voluntarios. Los bomberos, policías y servidores públicos que se olvidan de turnos y siguen y siguen trabajando hasta que el cuerpo no da más. Los que organizan y operan los centros de acopio. Aquellos que estando lejos donan y se organizan para enviar las cosas. Gracias a todos ustedes por enseñarles a nuestros hijos la verdadera grandeza de México y esa parte indeleble del orgullo de ser mexicanos. Lamentablemente es con una inmensa pena de por medio cuando con mayor orgullo podemos gritar ¡Viva México! y, sobre todo: ¡vivan los mexicanos!

TRAS BAMBALINAS. EQUILIBRIO. La tragedia en la Ciudad de México acapara reflectores y, probablemente, lo hará también con la atención y recursos públicos. Esperemos que las autoridades federales quieran y puedan equilibrar los apoyos para no dejar en el abandono aquellas comunidades de Oaxaca y Chiapas afectadas por el terremoto del pasado 7 de septiembre.

 Notario Público 19 de Querétaro.

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