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El Teatro de la República

  • Fernando Ortiz Proal

PRIMER ACTO. MATANZA EN LAS VEGAS. Si bien estamos por acumular una década en la que casi todos los acontecimientos relevantes se han conocido en tiempo real y han quedado inmortalizados en imágenes y videos; y, muchos de ellos nos han sorprendido ya sea por la nobleza o perversidad que expresan, mostrando la doble faceta de la indescifrable naturaleza humana; no dejan de ocurrir sucesos que nos vuelven a sorprender por su magnitud. Tal es el caso del cobarde ataque a miles de civiles asistentes a un concierto al aire libre en Las Vegas. Aunque en principio se le denominó como “tiroteo”, nos parece que el término no cabe cuando en realidad fue una sola persona, Stephen Paddock, quien disparó alevosamente con rifles de asalto de largo alcance desde una habitación estratégicamente seleccionada en el piso 32 del Hotel Mandalay Bay Resort & Casino, en contra de una desprotegida multitud de 22 mil personas que asistían al festival “Route 91” de música country. Se trata pues de una matanza, de un premeditado acto de evidente sicopatía que, al momento que estas líneas se escriben, ha cobrado la vida de 60 personas habiendo más de 500 heridos, algunos de gravedad. El desquiciado es un hombre blanco de 64 años, estadounidense, exitoso en los negocios, ludópata, hijo de un asalta bancos que escapó de prisión y amante de las armas de fuego. Se encontraron 23 en su habitación. Las ingresó poco a poco en porta trajes. Así de fácil. En su casa en Mesquite, Nevada, había otras 19 armas, municiones y explosivos. El asesino no es musulmán, negro o latino. Tampoco es extranjero. Mucho menos es un joven extremista entrenado en el medio este por los enemigos de los EE.UU. No es un justiciero social. Ni un fanático religioso. No es un veterano de guerra, vaya ni siquiera tenía antecedentes criminales. Según refieren, Paddock era tan “american” que gustaba de los cruceros, piloteaba su avioneta y comía burritos en Taco Bell. El hombre simplemente fue a diversas armerías en el Estado de Nevada y compró muchas armas semiautomáticas – vender automáticas está prohibido – y las piezas de última generación para transformarlas en automáticas – absurdamente esto último sí está permitido -.

SEGUNDO ACTO. EL ASUNTO DE LAS ARMAS. Todo apunta a que se trató pues de un desequilibrado que legalmente adquirió, por ser su derecho y tener los recursos para hacerlo, las más sofisticadas y letales armas de fuego sin restricción alguna. Aparentemente no necesitó un motivo o una causa, quizá solamente fue la mera sensación de poder implícita a su arsenal, la que lo llevó a convertirse en el más detestable y letal asesino en solitario en toda la historia del vecino país del norte. El tipo no era experto en armas. Y no hizo falta, las armas pudieron casi por sí solas. Esa es precisamente su gracia. Entre el armamento de Paddock se encontraron rifles AR-15, AK-47, DDM4, FN y Sig Sauer. El AK-47 tiene una eficiencia de 600 disparos por minuto y su cargador extraíble curvo tiene capacidad para 30 cartuchos. El ligero AR-15 dispara en rondas de hasta 100 proyectiles sin tener que recargarse. El fusil belga FN puede llegar a tener una cadencia de tiro de 625 a 675 disparos por minuto. ¿Ustedes creen que se necesita mucha experiencia para matar con estos artefactos que, literalmente hablando, escupen balas?

TERCER ACTO. NEGACIÓN. Aunque Trump y la Casa Blanca lo minimicen y hasta nieguen por conveniencia política, el asunto del derecho a la portación de armas subyace este sangriento episodio. La denominada Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos de América establece el derecho a poseer y portar armas. Y si bien la Corte Suprema de los Estados Unidos ha resuelto en diversas ocasiones que la portación de armas es un derecho individual de los ciudadanos norteamericanos, también ha establecido que dicho derecho no es ilimitado, siendo constitucional regular la producción, distribución y venta de las armas de fuego. No obstante, ni el Gobierno Federal ni los de los estados de la Unión pueden restringir este derecho consagrado en la Segunda Enmienda. Obama lo intentó, fracasó y políticamente le costó.

TRAS BAMBALINAS. CONTRASTES. Es curiosa la contrastante manera en que se aprecian hechos similares desde ópticas diversas. Para Trump es casi una herejía arrodillarse durante el himno nacional, cuando para la Corte Suprema es constitucional por considerarse una manifestación de la libertad de expresión quemar públicamente la bandera.

Notario Público 19 de Querétaro.

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