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El voto como mercancía

  • Dr. Manuel Basaldúa Hernández

Los tiempos electorales en México no solamente han perdido sincronía con los periodos formales, sino con su base ideológica y la mística de los partidos políticos. El ejercicio de la democracia en nuestro país se ha visto empañada con una serie de intereses personales y proyectos económicos, que se definen más como dominios territoriales de fuerzas políticas focalizadas, que por el interés de un programa colectivo.

El sistema electoral que tenemos en nuestro país ha derivado en la existencia de cuantos partidos políticos, y ahora, para completar más esa complejidad se ha creado la figura de “candidatos independientes”, que muchos, o muchas, al no sentirse elegidos por su partido se proponen “independientes”.  Más que establecer un programa de gobierno con una orientación liberal o conservadora, que permita conocer y saber cómo será la conducción de gobierno de algún candidato postulante, a través de su organización político, se han enfocado al culto a la personalidad, mediante caudillos o figuras con determinado ranking de popularidad.

Esta especie de promiscuidad de organizaciones ha dado lugar a las llamadas coaliciones, con permisos de la ley electoral y sobre-reglamentadas ordenanzas al mismo tiempo, de tal forma que el sistema de partidos ha quedado des- configurada.  Basta observar las inminentes elecciones para los gobiernos del estado en las correspondientes entidades de nuestra República para evaluar esos engendros.  Extensiones de los mismos partidos tradicionales, con sus plataformas ideológicas desfiguradas, o partidos con una desvergonzada carencia de visión política, y apoyada en panfletos destinados a ejercer tareas de corto alcance y sin repercusión de beneficio social.

El sistema de partidos como una alternativa a la construcción de la articulación de las instituciones en un país, debe mostrarse como una acción  de fortalecimiento a tales instituciones cuando la estabilidad del país lo permita. Pero en este momento, tal parece que no contamos con esas condiciones, debido a la existencia de poca fuerza de los órganos de gobierno por estar trastocadas por la violencia en diversas regiones. Por si no fuera suficiente, tenemos una fragilidad económica ocasionada por el entorno global y la conformación de grandes bloques económicos que hace más delicada nuestra vida presente y futura. Los partidos políticos en México se han dedicado a tejer redes de interés, coaliciones, alianzas, acuerdos y convenios con el propósito de sobrevivir, o de lograr victorias de conveniencia, con la agravante de dejar la realidad económica y social de la población a la que representan. Resultado de esas acciones, el voto de los ciudadanos lo pelean no con el convencimiento de esa visión liberal o conservadora de ejercer el sufragio, sino a través de su compra, o de su cooptación, convirtiéndolo en una simple mercancía. En México tenemos una elite política disociada con la población a la que dicen representar, y que poco contribuye al fortalecimiento de las instituciones dedicadas a la atención adecuada de la ciudadanía. El pragmatismo político y la recreación de esa elite política ha cobrado fuerza a la luz de leyes electorales más complejas de entender para el ciudadano común, y más difícil de cumplir para quienes pretenden subvertir este perverso sistema de partidos.

@manuelbasaldua