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Humanitas: Arte y Pasión

  • Roberto González y Andrea Avendaño

En esta sociedad contemporánea la realidad ha sido suplantada por un juego de signos, imágenes y símbolos. Este fenómeno se manifiesta en la vida cotidiana y por supuesto en el arte y el mercado, que ya no no vende productos ni arte, sino estilos de vida.  Los artistas contemporáneos se tienen que convertir en una marca famosa y reconocible en el mundo del mercado. Un ejemplo es el artista Jeff Koons, quien es el prototipo del artista (después de Warhol) que a través de banalidades de carácter kitsch como su obra el famoso perro Puppy que recibe al público en el museo Guggenheim de Bilbao, y otras obras de personajes rescatados de tiras cómicas como Popeye y su novia Olivia, la pantera rosa, y toda una parafernalia Kitsch de la publicidad para el consumo de las masas, han convertido a sus obras en objetos de marca, de firma y por lo tanto de distinción. Es el caso de las esculturas de perritos Ballom Dog que han alcanzado precios en subastas de más de 50 millones de dólares. Estas obras son sin duda sólo para millonarios coleccionistas, a los que les produce un placer y una satisfacción oscura pagar enormes cantidades de dólares por objetos que no los valen a ciencia cierta, el precio lo impone la marca y la fama del artista.

Jeff  Koons es un hombre que entendió el rol del artista contemporáneo y del mercado, inventándose primero a sí mismo, siguiendo el ejemplo de un grande que fue Salvador Dalí quien percibió que “el genio de un artista no está en su obra sino en su vida y en este sentido invirtió más tiempo y talento en fabricar de si mismo un personaje que se convertiría en una marca comercial.

Koons se hizo de un aurea parecida a la que la publicidad y las castas divinas le han otorgado a un reloj Rolex de oro o un auto Ferrari, es decir, marcas costosas.

Convirtió una de sus relaciones amorosas en un acontecimiento publicitario casándose con la artista porno conocida como la Cicciolina, fue más un acto de mercadotecnia que un matrimonio real; lo mismo su aspecto elegante de ejecutivo de Wall Street, en donde por cierto trabajó durante casi cinco años como corredor de bolsa, y por supuesto que también se graduó en Bellas Artes por la universidad de Chicago. Conoció al galerista Gagosian para aprender de él las reglas secretas del mercado del arte: Fama y dinero.

Pero esta realidad en la que se presenta el arte contemporáneo ¿es sincera? ¿Realmente podemos estar seguros que cuando miramos el tiburón de Damian Hirst estamos frente a una obra de arte? Será que en el arte aplica aquello de que el llamado mundo objetivo no puede existir sin una subjetividad que le dé sentido? Seguramente. ¿Pero qué es ahora lo que hace al artista? En la Grecia clásica Apolo era el responsable de insuflar al artista del aura sagrada de la belleza.

En la posmodernidad el artista está hecho de signos y símbolos que le permiten realizar el simulacro. En esta sociedad del espectáculo y el reality show, el artista es un personaje que debe ser juzgado más por su actuar que por su creatividad.  ¿Tendremos que aceptar el mismo valor artístico del urinario de Duchamp o de la lata de mierda del artista Piero Manzoni, que de la escultura del Rapto de Proserpina de Lorenzo Bernini?  Sólo bajo la premisa de que la publicidad no vende cosas reales sino símbolos e imágenes con las que se identifican los diferentes estratos de la sociedad.

Un sujeto que no puede adquirir una obra de arte contemporáneo, por ejemplo de Jeff Koons, cree que se distingue y accede al gusto de los coleccionistas millonarios, sólo por expresar y defender en una reunión casual, frente a sus amigos, su gusto por determinado artista del simulacro. Y es en esta pulsión en la que se manifiesta una forma de adquisición,  no material de objetos del mercado, sino de adquisición mental  que el mercado y la publicidad provocan en los sujetos a través de las marcas y firmas de moda que además de efímeras carecen de toda virtud.

Bajo el supuesto de que todo lo que se produce en esta sociedad es arte, entonces el arte de nuestro tiempo se ha convertido en un producto, una mercancía que se ofrece para satisfacer el vacío y la saciedad de los consumidores reales e imaginarios. Para los consumidores reales de arte contemporáneo, es decir, para los que sí pueden pagar por estos objetos, la sentencia del mercado es la siguiente: la obra vale lo que estén dispuestos a pagar por ella, y es mejor que sea famosa y reconocible como el perro Puppy de Koons. A todos nuestros amables lectores les deseamos un venturoso año 2017.  bobiglez@gmail.com