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Humanitas. Arte y Pasión

  • Roberto González y Andrea Avendaño

Cuevas, Gato, Felino único en su especie, Artista, Narrador, Dibujante, Escultor, Grabador, Escritor, Narcisista, Actor, Erotómano, Mitómano, Trágico e Hipocondriaco.

José Luis Cuevas siempre tuvo una extraña atracción hacia la muerte, es decir, hacia su propia muerte, la anunciaba repetidamente. Parecía que al convocarla, la ahuyentaba, la postergaba, la dilataba, la entretenía. Tal vez el secreto de su inmortalidad fue que cada vez que José Luis la citaba la muerte se le negaba, sin embargo, el pasado 3 de julio se olvidó de invocarla y la mirada felina se apagó.

Cuevas es uno de los artistas mexicanos más reconocido internacionalmente de las últimas décadas del siglo XX. Fue también el artista más odiado, difamado y objeto de múltiples ataques mediáticos realizados por los enanos del tapanco y los mediocres del rebaño (estos que nunca  perdonan la fama, la guapura y el dinero). Fue  un personaje de  ficción, protagonista de relatos fantásticos. Como todo buen conversador sus relatos y aventuras, particularmente de los prostíbulos que  visitó en importantes ciudades del mundo, resultaban fascinantes. Sus experiencias en estos sitios siempre están vinculadas a su producción artística, como fue el caso de la serie Mercado de carne en Hamburgo. También hay que decir que fue el artista más copiado e imitado por varias generaciones de pintores, mediocres en su mayoría, que nunca entendieron que su estilo obedecía a una forma de ser y entender el mundo. Rondan por todos lados los que han querido montarse en su famosa neo-figuración, algunos incluso con poca gracia.

José Luis Cuevas fue el hijo pródigo y desobediente del arte mexicano, se confrontó con el último de los grandes muralistas, me refiero a David Alfaro Siqueiros, a quien le reviró su famosa frase “No hay más ruta que la nuestra” con la “Cortina del nopal”, en referencia a la proclividad del viejo pintor por el socialismo pro-soviético. También participó en la llamada “Ruptura”, en la que se aglutinó a un grupo de pintores que aborrecían el nacionalismo heredado del muralismo mexicano.

Desde la infancia Cuevas aseguraba que sintió el vértigo que provoca la presencia de la muerte. Convaleciente de una afección cardiaca quedó recluido por largo tiempo en su habitación de la casa en donde vivía con su familia, en el antiguo callejón del Triunfo en el centro de la ciudad de México. Ahí también se encontraba la fábrica de papel “El lápiz del águila” que administraba su abuelo, y en donde tuvo su primer y definitivo acercamiento con el papel y el dibujo, que serían el soporte de su obra.

El niño Cuevas en medio del tedio, se asomaba por la ventana de su cuarto, ya que el padecimiento de fiebre reumática le impedía salir, y miraba a todos los personajes que ambulaban por el callejón del Triunfo: mendigos, delincuentes, fantasmas, proxenetas, profetas, travestidos, meretrices, locos, actores y farsantes. Su obra sobre papel está poblada de muchos de estos personajes que merodearon  su infancia.

La temática de su obra ya no se refería al México revolucionario; ya no había citas, ni apologías del estado pos-revolucionario mexicano y sus engendros. Su obra se convirtió en universal, dialogaba con la literatura, con la pintura, con las vivencias de la vida cotidiana. Sus sueños, que son como una segunda vida, se colmaron en cientos de papeles cargados de tinta, de grafito y de vida.

Tuve la oportunidad de convivir con José Luis Cuevas en la casa del galerista Alfredo Ginocchio a finales de la década de los años 90. El galerista festejaba sus cincuenta años de vida e invitó a muchos artistas y amigos. Entre los invitados se encontraba José Luis Cuevas, acompañado de su primera esposa Bertha Riestra. Asistían también artistas como Roberto Cortázar,  el argentino Pablo Szmulewicz y Daisy Ascher entre muchos otros. Había también algunas mujeres muy hermosas, que se dedicaban al negocio de la moda y el arte. Una mujer joven, norteamericana, particularmente bella fue el objeto de las miradas de los pintores, creo se llamaba Mery. Más tarde cuando inició la verdadera tertulia, todos intentaban seducirla y bailarla. Ella revoloteaba como mariposa entre las mesas, y en la pista se bamboleaba como una bailarina de Mogador. Esa noche pude comprobar la eficacia del viejo tigre, Cuevas en determinado momento la miró y quedó como hipnotizada. Todos los esfuerzos de los pintores jóvenes por conquistar a la belleza habían fracasado. Cuevas como un auténtico Houdini esa noche desapareció entre los árboles del jardín con Mery. Yo me quedé platicando con Bertha, quien de vez en cuando me preguntaba ¿Y mi gatito?  ¿No lo has visto Roberto?

Buen viaje querido maestro. bobiglez@gmail.com