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Humanitas: arte y pasión

  • Roberto González y Andrea Avendaño

En el México decimonónico, particularmente durante el imperio de Maximiliano, la pintura histórica empezó a cubrir lienzos y muros. El caso más conocido es el del artista Santiago Rebull, quien fue pintor de la corte de Maximiliano, pintó un autorretrato del emperador, que le gustó tanto al fallido noble de la casa de los Habsburgo, que  lo mandó colgar en el Castillo de Miramar. También hizo retratos de la emperatriz Carlota, y los murales de las Bacantes que hasta hoy se pueden apreciar en el castillo de Chapultepec. Maximiliano mandó pintar retratos de los héroes de la independencia y de la historia mexicana. Tal vez un acto de política para reconciliar a grupos enconados por el poder ,u otra manera de decir que su imperio poseía una  gran historia.

Entre los artistas que trabajaron la pintura histórica, muchos de ellos fueron alumnos de los destacados maestros Pelegrín Clavé y Eugenio Landesio en la Real Academia de San Carlos.

En la Academia se realizaban concursos bienales entre los alumnos con el objeto de identificar a los más adelantados. Recordemos que la Academia de San Carlos estaba subsidiada con fondos de lo que hoy es la Lotería Nacional. En el año de 1889 la Academia propuso un concurso con el tema de “La Fundación de la Ciudad de México”. En dicho concurso participaron tres alumnos destacados: José Jara, Leandro Izaguirre y Joaquín Ramírez. El premio lo obtuvo José Jara con el cuadro titulado “Fundación de la ciudad de México”. Este premio le valió a Jara que su obra fuera expuesta en la Exposición Mundial de París en el año de 1889. Actualmente la obra se encuentra en el Museo Nacional.  Joaquín Ramírez se tuvo que conformar con un tercer lugar, tal vez su cuadro hubiera merecido el primer lugar, sin embargo, el jurado emitió duras criticas a la obra de Ramírez. La pintura presenta a un grupo de indígenas sobre una balsa de troncos que están avistando en un islote la señal de la tierra prometida por el dios Huitzilopochtli. Una característica de esta obra y en la de Jara, es que en ninguna de las dos se observa el águila devorando a la serpiente, solo se aprecia a un grupo de indígenas que están pasmados frente al hallazgo. Las pinceladas de Ramírez son honestas, las figuras no presentan poses académicas y los indígenas están bien resueltos lejos del romanticismo, es un magnifico ejercicio de la imaginación del artista. El paisaje, el follaje, los troncos de la balsa, están tratados con pincelados cargadas, mientras que las figuras con suaves pinceladas. Esta obra nos remite a pesar de su título al mito fundacional de Tenochtitlan, el cual esta consignado en códices del siglo XVI como el Durán, el Mendocino, Boturini, y Aubin entre otros, que narran el peregrinar del pueblo Mexica o Azteca, pueblo salido del legendario Aztlán hasta su llegada al islote en el Valle de México después de un periplo de 210 años, es decir, cuatro periodos de cincuenta y dos años. El mito fundacional se registra en el año de 1325 de nuestra era. Siendo Tezozomoc señor todopoderoso de Azcapotzalco, rey de los Tepanecas,  quien controlaba el Valle, y que seguramente fue él quien les permitió que se asentaran en uno de los islotes del lago, a cambio de tributos y lealtades.  El mito de la fundación de la ciudad lo mandó redactar Izcóatl cuarto Tlatoani de Tenochtitlan, para generar una identidad a todos los pueblos que estaban asentados en el Valle. Más tarde el pueblo mexica con sus feroces guerreros pasó de ser vasallo a aliado, logrando luego dominar a todos los pueblos formando un poderoso imperio que llegó hasta tierras centroamericanas.

Esta bella obra de Ramírez  nos recuerda el mito de la fundación y los símbolos que le dieron identidad a nuestra nación. Ramírez también fue el autor del retrato mejor logrado del cura Miguel Hidalgo y Costilla (1865) que se encuentra en el Museo del Castillo de Chapultepec.

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