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Humanitas. Arte y Pasión

  • Roberto González y Andrea Avendaño

Mi primer preceptor al que llamaba de cariño el Greco fue José Díaz-Teresa, lo visitaba con frecuencia en su departamento de la ciudad de México, me recibía sentado en un cómodo sillón de una habitación en la que guardaba sus recuerdos y sus tallas en madera, era el único lugar tranquilo para platicar me decía. Recuerdo una charla en particular, un día de invierno, sentado ahí frente a él, que me obsequiaba una copa de Armañac o de Osborne y unas galletas hechas en casa, mientras recordaba con voz pausada su juventud, su barrio, su padres, sus amigos. Era un refugiado español de la ciudad de Santander, Cantabria tierra que amaba y añoraba. Su gran experiencia de juventud fue ser republicano y enfrentar las consecuencias del franquismo. Me platicó su aprisionamiento en Alcalá de Henares en donde permaneció cerca de cinco años. Y de cómo él se encargaba de un grupo de ciegos en la prisión, a los que ayudaba a comer, les leía y conducía con alegría por todos los rincones de aquel infierno. Me contaba historias sobre la asquerosa comida y sobre la epidemia del piojo verde entre los presos. Sin duda, esa experiencia, esas imágenes de terror que sus ojos miraron, lo dejaron marcado. Luego su llegada a México el exilio y a la libertad.

No era un hombre rudo, ni tosco, su mirada era bondadosa. En sus ratos libres tallaba madera, y creaba unas formas, símbolos y personajes extraídos de su imaginación y de sus lecturas. El Greco fue masón y pertenecía a una logia, allá en la ciudad de México, que estaba en la calle de Sadi Carnot si mal no recuerdo. Sus pláticas también fueron reveladoras y sabias, a veces me recetaba como buen maestro zen un “Koan” para asegurarse de mi aprendizaje.

Su negocio era una modesta tienda de marcos, en donde las paredes estaban tapizadas de pinturas enmarcadas. Ahí también lo visitaba, me enseñaba a tallar madera y a enmarcar cosas. Siempre estuvo comprometido con su lucha por un mundo más justo, a pesar de que ésta le había ocasionado muchos problemas. Me hablaba de esos antiguos amigos que habían traicionado sus causas de lucha juvenil, a cambio de la comodidad de una vida burguesa en México. Conocía a muchos refugiados españoles de prominentes apellidos que terminaron en el negocio de la publicidad, las mueblerías, los restaurantes y hasta en la sombra política.

Fue un gran conocedor del arte y admirador de los museos españoles por las grandes colecciones que custodian. Me hablaba de algunos artistas que lo apasionaban como Diego Velázquez, el Greco (su favorito), Picasso, Miró, Dalí, entre muchos otros. Le entusiasmaba mucho la poesía de Federico García Lorca, otra víctima del franquismo. La música de Joaquín Rodrigo también era de sus favoritas. En la comida del veinticinco de diciembre le gustaba ofrecer bacalao a la vizcaína, rodeado de su familia degustábamos comida sencilla y buena charla. Nunca intercambiamos regalos de navidad.

La historia de este hombre que me enseñaba cosas que no se aprenden en los libros, sale a cuento porque pensamos que todo el mundo debería de tener un preceptor (un maestro personal) como en las épocas pasadas. Alejandro Magno tuvo como preceptor al gran filósofo Aristóteles; en la mitología griega el sabio centauro Quirón fue un preceptor muy singular, porque mientras que el resto de centauros eran bestias muy rudas, el inmortal Quirón se distinguía por su carácter civilizado lleno de sabiduría, inteligencia y fraternidad. Era un gran músico y fue famoso por su extenso conocimiento en el campo de la medicina. Los héroes de la Ilíada no dejaban de alabar las pócimas de hierbas con que trataba las heridas de guerra.

Apolo, amigo personal de Quirón, le encomendó la educación de su hijo Asclepio, dios de la medicina, lo que el centauro consideró un gran honor pero no el único, pues también se encargó de la ins­trucción de Jasón, Acteón y Aquiles, entre otros, debido a su enorme paciencia. A veces despreciamos la experiencia de los hombres sabios y mayores, porque la juventud nos embauca en la idea de que sabemos todo.

El pasado puede ser también una fuente de conocimiento, la memoria funciona en dos sentidos: para recordar y para olvidar, a pesar de ello, nosotros recordamos cosas que nunca hemos vivido, como lo es el relato de la historia universal.

Podemos ser creadores de historias, y lo más importante ser creadores de nuestra propia historia, que nos permitirá explicar a nosotros mismos quienes somos. Parafraseando a García Márquez concluyo: La vida no es como la vivimos, sino como la recordamos. bobiglez@gmail.com