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Humanitas. Arte y Pasión

  • Roberto González y Andrea Avendaño

Un novicio de pintor, aprendiz de las cosas de su tiempo, buscaba en la antigua Venecia los artilugios más refinados y los pigmentos más antiguos usados por los grandes maestros. Había escuchado que Micer Durero por ejemplo, compraba sus materiales allí. Muchos de aquellos materiales que se comerciaban en Venecia eran desconocidos para la inmensa mayoría que practicaba el noble oficio de la pintura.

Este joven había escuchado un relato que había narrado un monje benedictino, sobre algunos fragmentos del tratado de la pintura del monje Teófilo, quien había escrito en el siglo XII el Schedula Diversarum Artium, texto que hablaba de los materiales y por supuesto de los colores y técnicas empleados en el arte. En realidad el texto había funcionado como manual práctico para los talleres monásticos de pintura y copiado. Una de las notas que guardo en su memoria el tierno pintor, versaba así: “Caput  XXXVII. De Eadem Arte.  sicut dixi sanguine draconis intinge aurum et pone in aereo base”… La Sangre de drago se conocía desde la antigüedad, era una resina de la drácena del Medio Oriente o de la rota del sudeste asiático. Pedanio Dioscórides que fue un médico, farmacólogo y botánico de la antigua Grecia, lo denominaba cinnabris. La mezcla de dos ésteres (ácido benzoico y un ácido benzoilacético) junto con otras materias se disuelve totalmente en alcohol y éter, adquiriendo un tono rojizo. En la Edad Media se utilizaba este rojo en la ilustración o pintura de libros, así como en la pintura de miniaturas y a la acuarela. También se teñía con ella barnices.

La inexperiencia del imberbe pintor lo llevó a caer en manos de un hábil mercader de materiales, quien le ofreció un hermoso polvo rojo, que según él, era usado por los grandes maestros italianos,  advirtiéndole que con un poco de pigmento se podría pintar una luminosa tela, eso y más justificaba su elevado precio. El pintor compró y guardó cuidadosamente en un bolso de piel el envoltorio con el preciado material, no sabiendo que había comprado un común rojo Saturno, se dispuso a continuar su viaje.

El bisoño artista había adquirido sin saberlo minio de plomo, un pigmento muy utilizado en manuscritos medievales. Los miniaturistas caligrafiaban iniciales y rótulos, capitulares y dibujos en rojo minio, desde entonces se denominan miniaturas a todas las pinturas de pequeño formato hechas con ese material. Sin embargo, este pigmento no era propio para la pintura de caballete ya que no tiene solidez a la luz. El novato artista debió de haber adquirido el rojo Cinabrio (sulfuro de mercurio) si hubiera estado mejor informado. Este pigmento está presente como mineral en la naturaleza y fue utilizado desde la antigüedad en China, Egipto y por supuesto en Roma, según nos cuenta Plinio el Viejo. En el imperio romano se obtenía de la explotación de las minas cartaginesas de Almadén, y generaba un impuesto para beneficio del emperador. Se utilizó en el viejo mundo hasta que aparecieron los colores rojos de cadmio. El rojo cinabrio presentaba problemas a los pintores, pero no había más opciones. Sólo los profesionales versados sabían que lo tenían que proteger con lacas de rubia tintórea. También sabían de un apartado taller de artesanos vénetos, enfrente de un canal verde turbio,  en donde se comercian algunos pigmentos extraordinarios y novedosos de aquel tiempo como el caput mortuum (óxido de hierro) un color violeta, entre el rojo y  el azul. Este pigmento sintético, fue descubierto por los alquimistas en el siglo XV, al calcinar y reducir el ácido sulfúrico quedaba un polvo violáceo inservible para ellos, por eso le pusieron caput mortuum, que en castellano significa calavera o cabeza muerta; un útil pigmento con poder cubriente. Y así transcurrieron  historias de pintores,  de materiales y colores para el bello oficio de la pintura.

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