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La cuarta revolución industrial

  • Raúl Iturralde

Terminada la época feudal, dio inicio la época de las ciudades y las fábricas; de los trabajadores y los empleadores, se abrieron las puertas a los grandes desarrollos tecnológicos. Una de las formas de explicar esta parte de la historia moderna es mediante su clasificación en revoluciones industriales.

La primera gran revolución industrial ocurrió a mediados del siglo XVIII, ligada a la invención del motor de vapor y colocando a la energía mecánica por encima de la energía humana; la segunda sucede a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, llevando como bandera al automóvil, la llegada de la energía eléctrica y la producción en masa de productos de consumo duradero y no duradero; la tercera revolución se identifica a partir de 1960, la computadora y el chip dan cuenta de una nueva forma de producir y generar información.

La cuarta revolución industrial irrumpe al iniciar el siglo XXI, llevando a elevados grados de sofisticación lo iniciado en los años 60, hardware, software y redes se han convertido en lo que para muchos es el poder cognitivo que incrementa la producción humana. En 17 años su evolución es inconmensurable.

A lo largo de este siglo ha sido evidente la fuerza innovadora de la nueva era digital, la conectividad y la presencia de robots “pensantes”, están creando nuevas forma de satisfacer las necesidades humanas, nuevas formas de producirlas, cuyas consecuencias se observan no sólo en los bienes materiales y el bienestar de las personas, también se expresan en el modo en el que debemos organizarnos como sociedad para saber aprovechar la enorme potencialidad productiva y obtener el máximo beneficio posible para el bien del desarrollo humano.

Es cierto que esta cuarta revolución no se reduce a lo que estoy comentando, los avances se localizan en todos los campos de la producción, de la vida cotidiana y en todos los ámbitos científicos. Pero, sin duda, dónde muestra mayor fuerza es en las posibilidades de consumo. En la actualidad el comercio por internet, las aplicaciones móviles para solicitar un taxi, pedir un libro, realizar estudios de licenciatura o posgrado, aprender idiomas, comprar la despensa de la semana e incluso adquirir comida preparada o medicamentos, se ha convertido en uno de los grandes atractivos del desarrollo tecnológico contemporáneo.

Los cambios son cada vez más profundos y más vertiginosos. El paso de la primera revolución a la segunda implicó un periodo de 150 años aproximadamente, de la segunda a la tercera transcurrieron alrededor de 60 años y de la tercera a la cuarta se requirieron solamente entre 30 y 40 años. Esta velocidad de cambio genera problemas a la hora de tratar de asimilar y comprender lo que está sucediendo.

En mi opinión, para la gran mayoría de la población, las grandes tendencias tecnológicas que definen el rumbo del siglo XXI, quedan fuera de nuestra comprensión. Hoy hablamos de los vehículos autónomos, de las impresiones en tercera dimensión, de la robótica, de los nuevos materiales, de la secuenciación genética, del internet de las cosas, de la telefonía celular, como expertos en el tema. La realidad es que no lo somos y convendría trabajar en el desarrollo de una cultura ciudadana en el que la apropiación de la ciencia no sea meramente un tema de plática de café, sino una manera en el que se pueda participar e involucrarse con base en información verídica y no como producto del prejuicio o la interpretación errónea de lo que significan la innovaciones productivas.