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Pamela y el Cimatario

  • Manuel Naredo

Ahora sabemos bien lo que hay detrás del Cimatario, pero hace medio siglo, seguramente muchos niños queretanos como yo no lo sabíamos y apenas lo imaginábamos. Lo hacíamos con esa imaginación propia de los niños, donde la fantasía suele ser protagonista. De hecho aún recuerdo un sueño en el que alcanzaba la cúspide de lo que, dicen, un día fue volcán, y miraba hacia el otro lado para apenas descubrir un panorama pletórico de nada, como si de la frontera del mismo mundo se tratara.

Eterno guardián de la ciudad, el Cimatario es muchísimo más que un cerro; es parte de nuestro entorno y acompañante fiel de nuestra existencia. Desde sus calles céntricas, los habitantes de Querétaro lo han mirado por siempre, a la distancia, con la familiaridad de lo cotidiano.

Ahí se apostaron las tropas republicanas para lanzar fogonazos y avistar desde lo alto la sitiada ciudad imperial, pero también ahí se colocaron un día las antenas que habrían de dar señal televisiva a una incrédula sociedad de mediados del siglo veinte. Su perenne presencia lo inmiscuyó hasta en las predicciones del clima y provocó sentencias populares como aquella de que si el Cimatario tenía sombrero de nubes, en la ciudad llovía seguro.

Mirando a la distancia cuando se llega de fuera provoca sentirse automáticamente en casa, y hasta mi padre, hombre nada afecto a los inventos, aseguraba haber visto, desde su posición en el céntrico Jardín Guerrero, un enorme platillo volador zigzagueando sobre sus crestas.

Sólo subí a su cúspide una vez, allá a la mitad de los setentas, cuando la colonia Burócrata era lo último construido y la ciudad aún se cruzaba en diez minutos. Subí entre lo agreste del cerro con Benedicto Herrera, mi compañero de estudios, por el simple gusto de hacerlo, y luego ya arriba, sentados sobre una piedra, degustamos unas inolvidables tortas de frijoles mientras escuchábamos el todavía leve sonido de la ciudad, descubríamos sus rincones desde las alturas, y hasta lográbamos alcanzar a ver, en aquella mañana clara, la vecina y no tan distante Celaya.

Hoy el tema del Cimatario ha vuelto a ser noticia con la remoción de la directora de su parque, Pamela Siurob, quien en ese cargo se desempeñaba desde hace ya varios sexenios. La información empezó a causar revuelo, sobre todo en las redes sociales tan en boga en nuestros días, no por la substitución de un funcionario, que se dan siempre sin mayores jaloneos ni controversias, sino porque se trata de una funcionaria tan especial que no puede considerarse propiamente como tal.

Pamela es uno de esos seres, sin partido y sin pretensiones políticas, que están en una función pública por su conocimiento y pasión a un tema, y no por compromisos partidistas o amiguismos personales; es uno de esos actores de la vida social que necesariamente se vuelven incómodos por su incapacidad para declinar en su postura y su ideal; de esos que son fieles a una causa hasta las últimas consecuencias. Pamela es, en fin, de ese tipo de funcionarios que deberían abundar y no ser tan dramáticamente escasos.

Fue el mismo Gobernador del Estado quien salió, también en las redes, a desmentir la especie de que se pretendía fraccionar el Cimatario, y que este resquicio de auténtica vida seguiría siendo conservado como hasta ahora, o mejor, y creo que necesariamente la predicción habrá de cumplirse, porque hoy muchos ojos están mirando con interés manifiesto ese valioso patrimonio natural de los queretanos que es el cerro del Cimatario.

Personalmente lamento la salida de Pamela Siurob de esa importante responsabilidad. No tanto por ella, sino sobre todo, por nosotros, que en sus manos habíamos dejado con tranquilidad la compleja y sensible tarea del bienestar de ese eterno testigo de nuestro acontecer. No sé si quien la substituye habrá soñado alguna vez con descubrir qué se escondía detrás de sus contornos, allá donde hoy sabemos hay muchas tierras huimilpenses, pero que entonces, cuando la inocencia no nos era ajena, suponíamos simplemente la nada.