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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

En la tauromaquia también podríamos hacernos la eterna pregunta que se establece para casi cualquier profesión: La figura del toreo ¿nace o se hace? Y como para el resto, tendríamos necesariamente que contestar que ambas cosas.

También, desde luego, la suerte juega un papel fundamental en esta carrera de enormes sacrificios y riesgos; que los toros “respeten”, que las circunstancias se den en el momento oportuno, que salga el burel ideal, que los fenómenos naturales se dejen sentir cuando no echen al traste una ilusión.

Pero más allá de esa suerte, el torero que alcanza niveles de excelencia y se convierte en figura, debe no sólo prepararse a conciencia, sacrificar otras muchas cosas de la vida, e insistir sin descanso en la práctica, sino también, haber nacido con ese talento natural para enfrentar a un toro bravo y sacar de él los momentos por los que este espectáculo sigue vivo.

¿Cuántos toreros conocemos que no cejan en su empeño por convertirse en alguien importante en ese mundo de sustos, pero no acaban nunca por convencer a las mayorías o por conmover con su tarea muleteril? ¿Cuántos otros tienen una capacidad innata que les sale por los poros, pero se dan a la buena vida que conlleva el primer triunfo y acaban por naufragar en los océanos inhóspitos de la Fiesta?

Por eso digo que se requiere de ambas cosas: De nacer con una sensibilidad especial y de pulirla a base de sacrificio. El torero, o mejor dicho: la figura del toreo, seguramente nació, pero también se hizo.

Viene a cuento esta reflexión al hacer un balance de lo acontecido en la temporada novilleril que nos regaló la nueva empresa de la Plaza de Toros México, a través de festejos sin picadores y con ellos, que apenas concluyó este fin de semana extenso.

A lo largo de ella pudimos ver un poco de todo: Desde el adelantado al muy verde, del ambicioso al conformista, del sereno al nervioso. Y vimos muchos jóvenes que quizá tengan ya la técnica más o menos aprendida, pero que no trasmiten un ápice de sentimientos al tendido, y otros que cuentan con el “duende” del toreo, pero que requerirán todavía mucho trabajo de pulido.

Ya aquí hace algunas semanas le hablé de Ricardo de Santiago, un jovencísimo novillero potosino que causó grata impresión en su presentación en el coloso de Insurgentes, y que este fin de semana fue repetido en los carteles como triunfador. Se trata de un torero que tiene las hechuras para convertirse en figura, si algún imponderable no lo impide en el camino.

Posee, sobre todo, la capacidad de trasmitir emociones y de recordarnos los porqués de nuestra afición. Se trata de un torero que no pega trapazos, sino borda, con la muleta o el capote, la comunicación con una res que embiste al engaño. Es un novillero, en suma, que va mucho más allá que lo aprendido en las aulas.

No le fue tan bien en esta segunda oportunidad en la plaza más grande del mundo, y sin embargo, no demeritó su impronta, volvió a recordarnos, por momentos si se quiere, las dimensiones del toreo.

Pienso que será figura y de ahí que habrá que recordar su nombre: Ricardo de Santiago. Lo más interesante y esperanzador, a mi juicio, de la temporada chica mexicana.