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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

Era el último día de febrero del 2014 cuando José Antonio Morante de la Puebla bordó el toreo sobre la arena de la queretana plaza Santa María. Aquella noche de su triunfal actuación, formaba parte del cartel Joselito Adame, quien también logró cuajar una faena, después de la del sevillano, y alcanzar el triunfo. De aquel festejo recuerdo algunos muletazos de Morante, ninguno de Joselito.

De hecho recuerdo también que apreciar la labor del nacido en Aguascalientes me dejó un ingrato sabor en el paladar, pues me resultó un tanto violento confrontar ambas tauromaquias, triunfales las dos, en un mismo festejo. Tal era, para mí, lo distante entre ellas.

Sin embargo, muchos aficionados de los que aquella noche de viernes se dieron cita en la bella plaza edificada por don Nicolás González Jáuregui, parecieron no tener la misma opinión, ni distinguir ostensiblemente un toreo del otro; no marcar diferencia entre la profundidad de los muletazos de Morante, así no hayan sido demasiados, con los de los de Adame, aún cuando hubiesen sido más.

Más de dos años y medio después la historia volvió a repetirse, sólo que ahora en la plaza más grande del mundo: La México.

Una tarde marcada por la que dicen ha sido la mejor faena de Morante en nuestro país, que precedió a la encerrona de Joselito en el significativo día de la guadalupana. Una oportunidad más para la comparación y la confirmación personal diferencias entre ambos toreros.

Reconozco la enorme valía de la carrera profesional de Joselito, labrándose un puesto a base de esfuerzo y actitud, aún en condiciones complejas, aún en tierras europeas. Su actuar en cosos españoles y franceses le han ganado, sin duda, el sitio de primera figura nacional, lo que le ha permitido tener un mano a mano con José Tomás y una encerrona en el coso más grande del mundo. Pero tampoco puedo ignorar las sustantivas diferencias de su quehacer taurino con los no demasiados buenos momentos del de la Puebla. Sobre todo cuando las circunstancias y el destino se han empeñado en ponérnoslos  en los terrenos de la inevitable comparación.

Comparar un natural de los logrados por Morante el sábado en el embudo de Insurgentes con las manoletinas saltarinas de Adame al toro al que le cortó las dos orejas en el mismo escenario al día siguiente, es simplemente imposible. La distancia entre el simple oficio y la naturaleza misma del toreo.

Y es que Morante es un torero de momentos, a veces escasos, que nos explican los porqués de la vigencia de un espectáculo arropado por generaciones y que nos conmueven hasta el alma. Y es que Joselito, por más respetable que sea su carrera, nos obliga a extrañar a los grandes toreros mexicanos que fueron figuras y que escasean desde hace ya muchos años.