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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

Leyendo una entrevista que un portal taurino de noticias le hizo a Curro Díaz, el torero español que ante la decisión de retirarse de los ruedos se encontró con un año de triunfos significativos que le dieron nuevo aire a su carrera, me acordé de Eulalio López Díaz, el Zotoluco. Y lo hice porque Curro se enorgullece del hecho de estarse labrando él mismo su destino, cuando hay toreros a los que se los labran otros.

Y es que eso es el Zotoluco, un torero que se labró su propio destino en el mundo del toro, desde abajo y por sí solo.

Pese a pertenecer a una familia ligada desde siempre al mundo del toro, y recibir el mote característico de esa su familia por la ganadería Zotoluca, Eulalio se hizo torero en solitario; nunca contó con el apoyo de un grupo de influencia dentro de la industria taurina, ni tampoco gozó de el salvoconducto que un apellido famoso puede conllevar.

Recuerdo haber leído también alguna vez una entrevista con el torero nacido en  Azcapotzalco y hecho contador por exigencias familiares, sobre aquellos difíciles días de sus inicios como novillero; el cómo iba a diario hasta la Plaza México, en pesero, para pedir una oportunidad que nunca llegaba.

Ahora será, en escasas semanas, esa misma plaza a cuyas oficinas asistía cotidianamente a solicitar esa oportunidad, la que lo verá despedirse de esta sufrida profesión, en la que ha matado infinidad de toros en más de mil festejos, y por la que ha deambulado, con éxito, por más de tres décadas.

No, la del Zotoluco no ha sido una carrera fácil. Él mismo, con su propio tesón y su desempeño frente al toro, ha escalado los peldaños que lo ubicaron, finalmente, en la cúspide de la baraja taurina mexicana.

Dígalo si no su experiencia europea. Hasta allá no llegó Eulalio con las facilidades de otros, para encartelarse en algún festejo con figuras, aunque fuese sólo uno; allá tuvo que apechugar con las corridas “duras” y se volvió especialista en lidiar Miuras, la más temida de las ganaderías españolas. Incluso no sólo eso, pues también liquidó toda una camada de ese hierro en un solo año, hazaña que ningún otro mexicano puede presumir.

Este domingo, cuando se celebre la tradicional corrida de Navidad en la Plaza Santa María, el Zotoluco se despedirá de la afición queretana. Ahí, en ese ruedo, ha tenido, a lo largo de los últimos treinta años, lo mismo triunfos rotundo, con indulto incluido, que tardes para el olvido, con esos tonos de sol y sombra que siempre caracterizarán al toreo.

Sí, el Zotoluco es un torero, que más allá de todo lo que de él pueda decirse, se fraguó él solo su destino. Y hay que reconocer que no lo hizo nada mal.