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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

Parecía tener todos los años del mundo. Parecía, porque seguramente no era así, sólo que yo, como tantos otros, lo veíamos como un viejito que llegaba a la plaza casi de milagro.

Don Susanito, que así le decían aunque seguramente tendría otro nombre muy distinto, vestía con elegancia discreta y escasa, como si ese que portaba cada corrida fuese el único traje, oscuro y gastado, que tuviese en el armario.
Enjuto de carnes, serio de semblante, con el rostro rico en arrugas, don Susanito acompañaba aquel traje con los complementos necesarios e igualmente gastados: un batón y un sombrero sobrio y clásico, como si los cuarentas no se hubiesen ido nunca.

Cada corrida llegaba puntual a la plaza, pero esperaba a entrar hasta el momento en que Manolo Martínez, aquel torero de época, tuviese su turno. Ingresaba por los pasillos y las escaleras de cualquier coso en el que estuviese anunciado el torero regiomontano, llegaba hasta una barrera de primera fila de sol, previamente adquirida, y se sentaba a ver el desempeño de su diestro; luego, cuando el toro doblaba, o cuando Manolo daba una vuelta al ruedo triunfal, se levantaba y desandaba sus pasos hasta el exterior del coso, a la espera del nuevo turno de su torero preferido.

Por todo ello, don Susanito se convirtió en un espectáculo aparte en las plazas de toros mexicanas, de punta a punta del país. Su entrada era acompañada de las más diversas reacciones, y no faltaron las tardes difíciles en las que algún grupillo de aficionados, animados por el alcohol, intentó evitar su salida tras el desempeño de Martínez.

Don Susanito apreciaba cada detalle del entonces “mandón” del toreo nacional, y conforme la faena tomaba momentos importantes, se iba despojando de sus enseres: primero el sombrero, luego el bastón, más tarde la negra corbata; si era necesario, el saco, y en alguna ocasión también la camisa. Todo lanzado a la arena de la plaza donde Manolo oficiaba ese rito del que era maestro.

Por años, muchos años, don Susanito siguió a Martínez por las plazas del país. Desde la México, hasta la más sencilla de algún pueblo olvidado, el personaje hizo su propio ritual, su propia forma de entender a la Fiesta Brava, para regocijo y motivo de chunga de las mayorías.

Pero algo pasó a últimas fechas de la carrera de Martínez Ancira; algo que molestó a Don Susanito, quien dejó de seguirlo, cambiando su afán por las participaciones de Miguel Espinosa, Armillita Chico. Eso cuando ya declinaban aún más las condiciones físicas de este tan extraño como enigmático personaje.

Un día despareció de los tendidos. Se fue con el mismo hálito de misterio que con el que llegó. Don Susanito no volvió a las plazas, y quizá, a estas alturas haya ya fallecido.

Recordándolo, traté de encontrar algo de él en los medios de información que hoy nos brindan sus bondades, pero fue inútil. Apenas alguna brevísima referencia a su personaje, como si hubiese sido tan solo un sueño su presencia en barrera de sol, apoyando a un solo torero.

Pero don Susanito ahí estuvo, tarde a tarde, para darle su propio color a este espectáculo que tantas caras nos regala.