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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

Le dicen “palabra”, y se trata de una forma de vida, de una máxima cotidiana en el actuar, de un referente de los seres humanos dignos de ser respetados y recordados.

Tener palabra, o “palabra de honor”, como le decían antaño; el ser capaces de acatar lo dicho, aún cuando las circunstancias sean adversas y no haya documento legal que lo corrobore. Ser, en fin, un hombre, o una mujer, de palabra.

Esa palabra que no es tan abundante, según me he dado cuenta, en el mundo del toro. De hecho, en mis incursiones como responsable del llamado “biombo” de la autoridad, sobre todo en la más reciente de las ocasiones, corroboré con desencanto, que lo del respeto a la palabra dicha no se da y que las palabras finalmente se las lleva el viento.

Reflexioné en ello estos días, luego de entrevistar en el programa radiofónico “Al Natural” de “ABC Radio” a Nicolás González Aréstegui, el propietario, junto con su familia, de la Plaza de Toros Santa María, tercera generación de empresarios taurinos y ganaderos de bravo queretanos.

Nico, como le dicen quienes lo conocen desde niño, me dijo que ése había sido el principal aprendizaje que había abrevado de su padre, Nicolás González Rivas. No los vericuetos para lograr confeccionar atractivos carteles, ni los “tips” para seleccionar ganado en la dehesa, ni las formas de entablar relaciones en el complicado mundo del toro, sino simplemente el respeto a la palabra empeñada, a pesar de la ausencia de papeles formales, cuando las cosas no van del todo bien.

Y la verdad me parece un inmejorable legado, la más sustanciosa de las herencias.

Y es que, como le digo, la palabra no suele honrarse entre quienes detentan el poder en la tauromaquia moderna, o en lo que en realidad debería llamarse más claramente el negocio del toreo. Ahí, en ese mundo de intereses mezquinos, en la oscuridad de la trastienda del espectáculo, la palabra suele ser sólo una serie de letras fácilmente olvidables.

La mentira, el engaño, las verdades a medias, el sí pero no, son moneda de cambio cotidiano en los entretelares de la Fiesta, y nadie debería sentirse sorprendido por ello. Ahí, entre bambalinas, la palabra es tan sólo una forma engañosa de comunicación, que puede servir para distraer, para engañar o para dilatar con enorme y cotidiana solvencia.

En el juego de intereses que rodean al espectáculo taurino, y que no siempre se definen frente a la cara del toro, las muletas y los capotes imaginarios juegan el papel que parece corresponderles: el de ser efectivo engaño ante quienes, como el toro, van de frente y sin malicia.

Y claro que se acaba por aprender, como dicen que aprende el toro conforme la faena avanza, a no creer en la palabra, a asumirla con recelo manifiesto, a no tomarla del todo en serio, sobre todo si viene de los muchos advenedizos que han hecho de la Fiesta su modus operandi.

Por eso resulta gratificante que un joven empresario y ganadero, militante de estos tiempos que corren, considere el ejemplo de respetar la palabra la mayor de las lecciones de su padre. Gratificante, alentador y esperanzador.