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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

Siempre es de agradecer la honestidad de los profesionales, virtud ésta que, por desgracia, no es tan habitual en el mundo del toro.

Dígalo si no esa sensación que a veces tenemos los espectadores taurinos de estar viendo un torero distinto, siendo el mismo, de acuerdo a la categoría de la plaza o a las circunstancias del festejo en cuestión. Toreros, por ejemplo, que se plantan con seriedad ante un toro hecho y derecho en un coso español de primera categoría, y luego bailan descaradamente ante otro de menor presencia en plazas menores. O toreros que calan desde el principio al público en turno para darle por su lado, acorde o no este lado con su estilo.

Por eso digo que se agradece mucho cuando un profesional, en este caso del difícil arte de la tauromaquia, se mantiene fiel a su visión personal del toreo, demostrando con ello que cuenta con esa escasa gracia de la honestidad.

Daniel Luque es uno de esos toreros. O al menos esa impresión me dejó al verlo lidiar los dos muy malos toros de Marrón que le tocaron en suerte en el tradicional festejo patrio de Juriquilla el pasado quince de septiembre.

De principio a fin, a pesar de las circunstancias que hubiesen motivado a muchos otros a ceñirse a las exigencias mayoritarias y buscar en el tremendismo, el arrimismo o cualquier otro “ismo” el convencimiento del respetable, Luque se mantuvo en Luque. No parecía pretender agradar a nadie más que a sí mismo y su concepto de torear.

Vertical en la figura, apegado a la técnica, se mostró docto con el capote e hizo lo posible con la muleta; no rehuyó intentar por ambos pitones de sus enemigos, ni a abrir el compás para ejecutar las verónicas; no desmayó en su intento de respetar los tres tiempos del muletazo como si aún fuese un acusado estudiante de este oficio del que se le ve más que placeado.

No en balde el diestro de Gerena ha sido triunfador en tantos cosos, entre los que hay que destacar Guadalajara, la plaza mexicana donde, hoy por hoy, se puede ver la mayor seriedad de la Fiesta, y desde donde se ha catapultado para presentarse y convencer a un público que lo ha ido descubriendo de a poco y que lo convertirá seguramente en uno de sus favoritos.

Ha pasado cerca de una década desde que Luque tomó la alternativa en Nimes, luego de resaltar como novillero, y ya se nota en su actuar esa agradable combinación entre las ganas y la sapiencia. Dispuesto siempre a ir por todas, pero sin renunciar a su esencia; la entrega sin concesiones baratas.

Sí, Daniel Luque en un torero auténtico, fiel a lo abrevado por años, incapaz de traicionarse a sí mismo. Y eso se agradece muchísimo en los tiempos que corren.