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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

La Fiesta de los Toros, todos lo sabemos, atraviesa por épocas difíciles; por una compleja etapa en la que, alrededor del mundo, es objeto de los más diversos ataques, de las más insistentes persecuciones.

Pero me parece que, por desgracia, los mayores enemigos de la Fiesta no son los llamados anti taurinos, o los conocidos como animalistas, sino una serie de personajes que, desde dentro, la minan día tras día en pos del mejor negocio o de la ambición de poder, dando motivos para mayores críticas desde fuera y asegurando que hay que callar las malas prácticas en aras de la subsistencia del espectáculo.

Esta reflexión viene a cuento tras lo acontecido la noche del pasado viernes en la queretana Plaza Santa María, que tanto lustre dio, en su momento, a la Fiesta de los Toros y sus protagonistas. Surge de la serie de anomalías que la han venido envolviendo y que esa noche alcanzaron niveles, desde mi muy particular perspectiva, inaceptables.

Porque no puede parecernos normal que un festejo taurino, puntual por excelencia, de inicio con veinticuatro minutos de atraso; ni que salga un toro en lugar de otro por la puerta de toriles a fuerza de intimidación; ni que los palcos de contrabarrera, que deberían servir de protección a médicos o a ganaderos, se conviertan en bares. Tampoco debería parecernos normal, como desgraciadamente parece que ya lo es, que se lidien novillos en lugar de toros, que se manipulen sus astas y que hasta se les bañe de tierra antes de saltar al ruedo para ayudarles con su presencia.

Y todo eso creo firmemente que pasó la noche del viernes en el coso edificado por don Nicolás González Jáuregui hace ya más de cincuenta años.

Ante ello, una sola es mi interrogante: ¿Finalmente habrá, de parte de la autoridad, la imposición de un escarmiento, por mínimo que este sea?

Porque las prácticas se están volviendo costumbre, y de tan acostumbradas se acaba por verlas normales, ante los ojos ciegos de quien debería poner un enérgico, contundente y aleccionador hasta aquí. Como asegura Serrat en su canción “Sería Fantástico”: Sería todo un detalle, todo un síntoma de urbanidad, que no perdiesen siempre los mismos y que heredasen los desheredados.