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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

El festejo taurino escenificado el pasado sábado en el coso de Provincia Juriquilla, donde se rindió sincero y merecidísimo homenaje a Aurelio Olvera Montaño, el director de la Banda de Música del Estado y fundador de la Estudiantina de nuestra Universidad, tuvo el aliciente de integrar a tres toreros mexicanos jóvenes, que más que promesas podríamos considerar el presente de una fiesta taurina nacional que cuenta con varios interesantes nombres en su baraja.

El hidrocálido Juan Pablo Sánchez, el guanajuatense Diego Silveti y el tlaxcalteca Sergio Flores, en estricto orden de alternativa, despacharon un encierro de De Santiago, del prestigiado ganadero Pepe Garfías, quien también estuvo en el festejo y se llevó un cálida ovación cuando salió al tercio de la arena juriquense. Y los resultados de la corrida, las reflexiones que sobre ella nacieron, me parecen bastante evidentes.

Por un lado, vimos a un Juan Pablo Sánchez de dos caras bastantes distantes: aquella que le ha valido un merecido reconocimiento en materia de temple, y que salió con su trabajo en el que abrió plaza, y otra más tremendista que clásica, de la que echó mano en el cuarto para ganarse el ánimo de una afición ya para entonces minada por el viento frío que hizo presencia. Huelga decir que prefiero la primera versión, aunque ni siquiera ésta vivió sus mejores momentos el sábado.

Silveti volvió a demostrar que la suerte suele acompañarle desde que en el sorteo le tocaron los dos mejores bureles de la corrida, premiados ambos con aplausos durante su arrastre. Pese a ello, el hijo del Rey David parece no contar con los argumentos necesarios para solidificar faenas de algo calibre; se queda a medias ante las posibilidades brindadas por la materia prima que la suerte se empeña en prodigarle. Ni con su primero, ni con su segundo, su tarea taurina alcanzó los niveles deseados ante la movilidad y facilidades que le bridaron sus enemigos.

El que consiguió, desde mi perspectiva, la faena más sólida de la helada tarde fue Sergio Flores. Alcanzó momentos de enorme calidad con la muleta, dando profundidad y largueza por ambos lados a su trasteo y plantándose con seguridad en los comprometidos terrenos que el que cerró plaza le permitió.

Es Flores un torero muy interesante, hecho a base de esfuerzo en sus campañas novilleriles españolas; siempre dispuesto a sacar agua del molino, sin aspavientos ni efectismos. Quizá no se trate de un diestro de elegancia sobresaliente, pero de a poco se va a convertir, como el tiempo nos lo comprobará seguramente, en uno de los protagonistas insubstituibles de nuestra Fiesta.

Por él, y esa faena al sexto de la tarde, valió la pena la corrida de Juriquilla, en el marco de la reunión de ganaderos de bravo.