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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

De las muchas cosas que se pueden decir, por fortuna varias buenas, en relación a lo acontecido en los festejos taurinos del pasado fin de semana, tanto en la Santa María queretana como en la monumental México, yo me quedo, en principio, con la faena de Enrique Ponce a Juanito en la maratónica corrida nocturna del pasado viernes.

Y me quedo con ella, no porque hayan sido menores los momentos de sublime trasmisión de Morante de la Puebla en la corrida de aniversario en la plaza más grande del mundo, ni porque no sea de resaltar el final de una carrera profesional tan encomiable como la de Eulalio López, El Zotoluco, sino porque la del maestro de Chiva en la Santa María fue una de esas faenas emblemáticas, memorables y ejemplares de lo que significa poderle a un toro.

Juanito, como se llamaba el quinto de esa noche caracterizada por el viento, era un burel de Xajay, que como buena parte del encierro de esa ocasión, no parecía tener un pase. Agarrado al piso, buscando las querencias, reticente a la embestida, el bicho marcó de entrada lo que parecía ser el irrenunciable destino de la faena, pero se topó con Ponce y su  muleta.

Al valenciano se le podrán achacar defectos, principalmente aquel que enarbolan sus detractores en el sentido de que las cercanías no son lo suyo, pero nadie puede negarle el conocimiento profundo que tiene sobre el comportamiento de los toros bravos, y también, como quedó comprobado, de los mansos.

Desde siempre, Ponce ha demostrado su capacidad para poderle a los toros y esa habilidad innata, que ha ido enriqueciendo a base práctica y sitio, de encontrarle a cada burel la faena adecuada, al grado que se puede decir sin mucho margen de error que si Ponce no logra hacerle faena a un toro, no podrá hacérsela nadie.

La de Juanito, el pasado viernes en la Santa María, fue una muestra evidente de ello, una cátedra de poder y un ejemplo de pundonor y voluntad. Aquello que parecía destinado a seguir los cauces de aguas poco propicias para el consumo taurino, se tradujo en la degustación del mejor de los vinos, entre muletazo y muletazo, casi al hilo de las tablas y frente a la puerta de toriles. Una de esas faenas para disfrutar por quienes ven en el toro y sus condiciones lo más importante de la Tauromaquia.

Lástima que Ponce hubiese fallado con el estoque, y que por ello haya perdido la oportunidad de cortar apéndices, que nunca como esa noche se convirtieron tan sólo en retazos de toro ante la magnificencia de un trabajo torero digno de enmarcar entre los mejores recuerdos.

Esa noche se cortaron tres orejas, una de ellas, por cierto, tras un pinchazo pescuecero y una estocada trasera propinados por El Juli, pero lo de Ponce fue mucho más allá de las solicitudes tan multitudinarias como incomprensibles; lo de Ponce tocó las fibras íntimas de un arte centenario y nos hizo recapacitar sobre la grandeza del toreo.