imagotipo

Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

Estaría por cumplir, si viviera, los noventa años. Y los habría vivido con garbo y en plenas facultades, si hace un año no se le atravesara, en la plaza de la vida, un toro llamado neumonía, que lo obligó a retirarse para siempre el 16 de febrero del año pasado.

Jesús Córdoba Ramírez nació en un lugar nada común para servir de cuna a un torero: la ciudad de Winfield, en el estado norteamericano de Kansas, donde vivió los primeros diez años de su vida, resintiendo, como él mismo lo reconocía, aquellos tiempos de racismo que no impedían a los inmigrantes pegarle más de una paliza beisbolera a los niños norteamericanos.

Pero tras aquella primera década, don Jesús llegó a México con sus padres, concretamente a León, en Guanajuato, donde descubriría en su vieja plaza de toros ese espectáculo de sol, de sangre y de arena, que lo subyugaría para siempre. Decía que lo que le había llamado poderosamente la atención de aquello hasta entonces desconocido fue el traje de los toreros, y aquella mágica forma de brillar de sus luces.

Pronto se acercó al mundo de toro, asistiendo a los asistentes de algún torero, para ponerse después frente a una vaquilla y convertirse, no demasiado tiempo después, en uno de los novilleros más exitosos de la historia del toreo mexicano. De hecho conformó, junto con otros nombres brillantes, la llamada edad de oro de la tauromaquia nacional.

Con Rafael Rodríguez y Manuel Capetillo integraría lo que la afición dio por nombrar como “Los Tres Mosqueteros”, que alcanzaron triunfos y relevante rivalidad en la temporada novilleril de 1948 en la Plaza México, año por cierto en el que Córdoba, justo el día de Navidad, se doctoraría en la plaza de Celaya, de manos de ese grande que fue Fermín Espinosa, Armillita.

El torero nacido en Winfield cruzó el charco para formalizar hasta seis temporadas en España, alcanzando unas siete decenas de festejos, y triunfando rotundamente en Sevilla, donde salió por la Puerta del Príncipe, y en la mismísima plaza madrileña de Las Ventas, donde el estoque le impidió cortar apéndices.

Córdoba también fue un rotundo creyente en los derechos de su gremio y encabezó a los matadores de toros en su sindicato, donde unió esfuerzos con Rafael Rodríguez, con quien había protagonizado míticos enfrentamientos, dentro y fuera del ruedo, que casi llegan a los golpes. La vida, por cierto, los llevó a ambos a emparentar, cuando una hija de don Jesús se casó con un hijo del llamado Volcán de Aguascalientes.

Ya retirado, cosa que hizo en La Barca, en Jalisco, don Chucho siguió ligado a la Fiesta, principalmente desempeñándose como uno de los más serios y exigentes jueces de plaza de la historia, tanto en la Monumental México, como en otros cosos del país, como la de Aguascalientes. Tan incómodo era para algunos en esta última ocupación, que acabaron por echarlo e impedirle regresar al biombo de la autoridad.

Ello marcó, de alguna manera, a Córdoba, quien se vino a vivir a Querétaro, concretamente a una casa en el fraccionamiento San Gil, en San Juan del Río, donde disfrutaba de los recuerdos y prodigaba conversaciones y consejos taurinos a quien se los pidiera, rodeado de tranquilidad, de placas que hablaban de sus triunfos y de cabezas de toro que reiteraban su grandeza.

A un año de su partida se siente su ausencia, esa que siempre se presenta cuando se van toreros y hombres de la talla de Jesús Córdoba Ramírez.