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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

Una de las características de la Fiesta de los Toros es que suele ser un buen símil de la vida misma, con sus tragedias, sus luchas ante la adversidad, el principio y fin de una historia.

El toro de lidia muestra ahí, en el redondel de una plaza, sus virtudes y sus debilidades; puede crecerse al castigo o tratar de escabullirse de él; dar pelea ante las duras circunstancias que la vida le plantea, o buscar querencias, tratando de huir de ellas.

Y les pasa también a los toreros. Ésta, quizá más que muchas otras, es una carrera de riesgos, de intensa porfía, de sacrificio, de superación a base de golpes, físicos y anímicos. Y digo que quizá más, porque en esta profesión también se puede perder la vida.

Y como la vida cotidiana, la de abrirse paso en el mundo del toro es una aventura regularmente injusta, en la que los vericuetos del camino condicionan la llegada, o no, a una sola y ansiada meta: la de convertirse en figura del toreo.

Mi colaboración de hoy, pretendidamente filosófica, está inspirada en los carteles que la empresa de la Plaza México ha bautizado como Feria de la Cuaresma. Una feria tan sacrificada y abstinente como, efectivamente, la cuaresma misma.

Tres carteles confeccionados con toreros insaculados de recipientes de cristal, con ganaderías igualmente destinadas al azar, como si se tratara del más puro sorteo de un mundial de futbol. Espectáculos confeccionados con nombres de toreros que en esa carrera por el triunfo han tropezado con las piedras sembradas en esa guerra que el espectáculo taurino ha representado siempre. Aquellos que parecen haberse quedado sin silla cuando la música del juego dejó de sonar.

Y uno entonces se pregunta sobre las bondades y las inutilidades de un fin de fiesta tan poco taurino, donde el corte de apéndices, cual si se tratara de partidos de balompié, podrá llevar a una repetición. Sólo faltaba que se contara el número de aplausos, el de pañuelos, el de descabellos, el de avisos y la oreja cortada como visitante.

Y es que pese a lo novedoso de la Feria de la Cuaresma, el anuncio de la misma no parece prever entradas medianamente regulares en los tendidos, ni tampoco y tristemente, repercusión alguna con sus posibles triunfos. Se dice que el triunfador de triunfadores tendrá contratos en variadas plazas del país, pero se ve venir, casi con certeza, que estos carteles servirán más bien para engrosar las estadísticas con toreros nacionales que permitirán a la empresa, no en demasiado tiempo, volver a anunciar corridas con mayoría de diestros extranjeros.

Como abunda en la política, la Feria de la Cuaresma es, en resumen, una acción políticamente correcta que no deja de ser demagogia. Aunque quizá, ¿por qué no?, también nos traiga, como en la vida, un golpe de suerte y le toque el gordo de la lotería a uno de tantos desamparados de los tiempos normales.