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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

No suelo relatar anécdotas de mi paso por el biombo de la autoridad. Y no lo hago porque generalmente esas anécdotas son amargas, y sobre todo, porque poco importan a los aficionados a la Fiesta de los Toros, cuyos intereses, como debe ser, se centran en los toreros y lo que estos logran hacer en el ruedo.

Sin embargo, al celebrarse hoy el Día de la Mujer, recordé aquella ocasión en que me tocó presidir un festejo en el que participaba una. Ella era la madrileña Cristina Sánchez de Pablos, cuando aún era novillera y protagonizaba una temporada mexicana matizada por ese extraño morbo que suele rodear a las toreras.

Era el 25 de noviembre de 1995 y en el cartel anunciado para la plaza de toros de Provincia Juriquilla figuraban los mexicanos Fernando Ochoa y Enrique Espinosa, además de la española, para lidiar un encierro de Villa Carmela, que en los bellos corrales del coso esperaban pacientemente el sorteo que habría de dibujarles el futuro inmediato.

Antonio Sánchez, el padre de Cristina, además de apoderado y subalterno de confianza, reparó de inmediato en uno de los novillos, negro de pelaje, con un par de pitones bien puestos, alto y evidentemente pesado; se trataba, a no dudar, de un toro hecho y derecho, que rompía un tanto con la presencia menor de sus hermanos de corral.

Don Antonio no ocultó su molestia y de su boca salió la sentencia: Ese toro no lo lidiaría su hija. El apoderado de Ochoa, quien estaba a menos de dos meses de tomar la alternativa en Aguascalientes, tomó la negativa del español hasta con entusiasmo, pues consideraba que ese toro representaba una oportunidad inmejorable para ir acostumbrando a su poderdante a mayores exigencias. “Habrá sorteo”, dije yo, mientras observaba el rojo de la ira confesado en el rostro de Antonio Sánchez.

Y el también peón de confianza no dejó de manotear y caminar sin cesar los siguientes minutos. Aún con los papelitos del sorteo en proceso, volvió a amenazar con la negativa a torear de su hija. Eso era un toro, decía, y Cristina no tenía ninguna obligación de torearlo, pues aún era novillera.

Una angustia más intranquilizó mi alma. Me preguntaba interiormente, mientras las bolitas de papel eran revueltas al interior de los sombreros, las acciones a seguir si ese bicho le tocaba en suerte a la torera madrileña. ¿Tendré que llamar a la fuerza pública y meter a la cárcel a alguien? ¿Qué escándalo se suscitaría si Cristina Sánchez no saliera al ruedo cuando el negro ejemplar de Villa Carmela apareciera por la puerta de los sustos?

Pero la suerte estuvo de mi lado, y también del de Cristina Sánchez. El papelito donde se leía el número que en los costillares lucía el toro del desencuentro le correspondió al apoderado de Fernando Sánchez, y todos, absolutamente todos, sonreímos.

Poco significativo fue el festejo por la tarde; apenas algunas palmas para la tercia de novilleros. Justo seis meses después, el 25 de mayo de 1996, Cristina Sánchez tomaría la alternativa en Nimes, en Francia, de manos, ni más ni menos, que de esa leyenda que responde al nombre de Curro Romero. Desde entonces tendría que verle la cara a muchos toros como aquel, y aún mucho más serios, que su padre no quiso para ella.