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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

Manolo Cortés, el diestro nacido en Ginés, Sevilla, hacia finales de la década de los cuarentas, murió hace apenas unos días. Una dura enfermedad acabó por ganarle la batalla y concluyó así una vida aderezada por el toreo, primero como matador y después como apoderado.

La muerte del sevillano se dio apenas unos días antes de que se cumpliera la primera década de la muerte de Miguel Márquez, éste malagueño, a quien el corazón le jugó una mala pasada, pero dándole la gracia de morir en su amado medio ambiente: en una tienta en la ganadería de su gran amigo Antonio José Galán.

La reciente muerte de uno y la efeméride de la del otro, irremediablemente me trajeron recuerdos dormidos en algún rincón de la memoria; de esos que vuelven por sus fueros cuando parecían extintos.

Se me vino a la cabeza, como si no hubiesen pasado tantos años, la conversación entre mi padre y ese gran taurino que fue don Edmundo Fausto Zorrilla, en las viejas instalaciones del Centro Expositor en el Cerro de las Campanas, sobre las virtudes y defectos de ambos toreros españoles, que por entonces se peleaban las palmas en la temporada mexicana.

A don Edmundo, representante entonces de la Casa Domecq y antes amigo entrañable de Carlos Arruza, le gustaba mucho más el toreo clásico y sin efectismos de Cortés; mi padre prefería la personalidad y los destellos deslumbrantes de Márquez. Y si bien la autoridad taurina de Fausto Zorrilla era evidente, en mi sentir aún infantil sólo reinaban aquellas verónicas desmayadas, inolvidables aún hoy, de Márquez.

Un par de décadas después, ya ejerciendo la bella profesión periodística, tuve el enorme privilegio de entrevistar a don Fausto en su tranquila casa de Tequisquiapan, donde él echó mano a sus muchos recuerdos, me regaló algunas fotografía, y seguramente, de paso me hablaría un poco de Monolo Cortés.

Y si bien ni Manolo ni Miguel alcanzaron dimensiones profesionales como para considerarlos figuras de época, ambos marcaron su tiempo. Cortés, por ejemplo, ha sido uno de los toreros más anunciados en la historia de la Real Maestranza de Sevilla, apenas detrás del gran Curro Romero, y Márquez llegó a liderar el escalafón español, alcanzando más de cien festejos en la temporada de 1968. Luego, como suele suceder con muchos toreros, la actividad se fue haciendo menos hasta desaparecer por completo, aunque uno y otro se mantuvieron por siempre ligados al espectáculo taurino.

Estos días se fue Manolo Cortés, como hace diez años hizo lo propio Miguel Márquez. También se fue mi padre y don Edmundo Fausto Zorrilla. Los recuerdos me invaden y me llevan de la mano a mis primeros años como aficionado, y todos, mágicamente, vuelven a vivir.