imagotipo

Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

Como si fuera un sueño, me llegaron aquellas palabras de ánimo que me diera Clarinero a la muerte de mi madre, hace ya diecinueve años. Tan en sueño que no recuerdo ahora mismo si me lo dijo de viva voz o lo dejó plasmado por escrito.

“El día que nuestra madre muere, se muere también el niño que aún conservábamos en nuestro interior”, rezaba, poco más o menos, aquella frase que me dijo, y que a su vez la había escuchado de ese maestro con el que compartió tantas crónicas taurinas y tantas anécdotas de vida: el gran Pepe Alameda.

Rafael Morales Alcocer, conocido en el mundo del toro, del periodismo y de la literatura como “Clarinero”, murió apenas el fin de semana pasado en esta su tierra natal de Querétaro, ciudad a la que había regresado hace décadas para disfrutarla a plenitud, en principio desde su céntrica casa de la calle Venustiano Carranza y después alejado del ruido que hoy vivir en el centro histórico queretano conlleva.

Tuve el enorme privilegio de conocer a Clarinero y de compartir con él charlas aleccionadoras, como aquella en la que me hizo ver la necesidad del optimismo frente al micrófono, en el difícil ejercicio de la crónica taurina, algo que también había aprendido de Alameda, con quien recorrió todo el país narrando festejos taurinos y abrevando del buen decir, del buen comer y del buen torear.

Era don Rafael un maestro de la crónica radiofónica y de la palabra escrita, y dejó para quienes aman y disfrutan de la Fiesta Brava, una buena cantidad de información a través de libros como “Entrevistas de Clarinero”, “Cartas Taurinas de Clarinero”, o “Epistolario Taurino de Martín Luis Guzmán”, por mencionar los quizá más famosos. Seguramente habrán quedado grabados también al menos algunos de los muchos programas que por años protagonizó por la radio bajo el título de “Clarinazos de Clarinero”.

Pocos sabían que había adoptado su apodo profesional del nombre de un toro lidiado por Fermín Espinosa, Armillita, el 31 de enero de 1943, en el Toreo de La Condesa, en la capital del país. Con ese apelativo recorrió una historia que se caracterizó por la facilidad y claridad de su lenguaje.

En los tiempos que corren, cuando se hace uso indiscriminado y hasta temerario de la opinión y de la crítica, la voz y la letra de Rafael Morales es todavía más valiosa y necesaria, pues fue protagonista de un tiempo en que las ideas se sustentaban y las frases cuidaban de ser propiamente dichas. La suya fue una carrera periodística que dignifica la profesión y a la Fiesta misma.

Con más de noventa años en las espuertas, don Rafael se despidió en silencio, ya sin ejercer una tarea a la que dedicó, con enorme dignidad, la vida. Y todos nos quedamos sin su sapiencia, sin su docta opinión, sin su optimismo y su pulcritud de expresión.

A todos nos quedan sus textos, que pueden servir muy bien de aprendizaje, y a mí en lo particular me queda también una dedicatoria en uno de ellos donde me da invaluable calidad de compañero y de amigo. Hasta siempre don Rafael. Hasta siempre Clarinero.