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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

Es fiel a la manera de interpretar el toreo; no da concesiones, ni sonrisas de más a los tendidos.

 

Y el toreo de Fermín Rivera, integrante de una de las familias taurinas más importantes del país, es elegante, vertical, apegado a los cánones, sin aspavientos de más ni sacrificios de menos. Su tauromaquia, que algunos pueden considerar un tanto fría, es sobre todo, profunda y seria.

Y por ello es que el diestro potosino es considerado por las aficionados de cepa como una de las cartas más fuertes de nuestra representación taurina nacional; alguien que está llamado a considerársele figura y que requiere ya ser visto y apreciado por la afición española, la más exigente del mundo.

Pero Fermín no ha ido a España, como otros toreros mexicanos que han incursionado en tierras del otro lado del Atlántico con mayor o menor éxito. No ha tenido la oportunidad de calarse con los toros de aquellas dimensiones y la afición de aquellas exigencias, y por tanto su toreo no ha sido aquilatado en tierras europeas.

Viéndolo triunfar como lo ha hecho en diferentes plazas mexicanas, y sobre todo en la Monumental México, donde las más recientes temporadas se ha distinguido con evidencia, todos hubiésemos querido verlo, justo ahora, en los carteles madrileños de San Isidro, pero no ha sido posible.

Ni siquiera en el coloso de Insurgentes su regreso fue tan pronto y expedito como merecía su participación anterior, como si también aquí se le regatearan sus innegables merecimientos.

No deja de causar extrañeza el fenómeno de que Rivera, pese a su contundente paso por los ruedos, no parezca generar demasiado interés en las empresas de México y el mundo, y uno se pregunta si ello se debe a esa su forma seca de limitarse a convencerse a sí mismo y no a la las mayorías, o si responde simplemente a la administración que lo conduce en su carrera profesional, los legendarios hermanos Meléndez, que quizá no tengan lo que le sobra a otros apoderados, cada vez más polifacéticos: las relaciones amplias, la legua fluida y la variedad en el convencimiento.

Entrevistando la otra tarde a Fermín para el programa radial “Al Natural”, me di cuenta que el potosino se emplea en el micrófono casi tan bien como con la muleta en el ruedo; es de fácil trato y palabra, además de que sabe perfectamente lo que quiere.

Y entre esos deseos está, quizá en lugar preponderante, su llegada a España por la puerta imprescindible de Madrid, con feria o sin ella.

Creo que lo va a lograr y que su nombre pasará a la historia como uno de los toreros mexicanos más interesantes de estos tiempos. Sólo es cuestión de paciencia.