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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

¿Cómo no recordar hoy a ese jovencito impetuoso capaz de encarar sin tapujos a los grandes? ¿Cómo no al maletilla, apodado el rata, dispuesto a todo por una oportunidad? ¿Cómo no hacerlo con el último torero en cortar un rabo en Las Ventas de Madrid?

El gran Sebastián Palomo Martínez, que un día se puso como apellido el nombre de su ciudad de origen: Linares, ha muerto en Madrid a apenas tres días de cumplir la emblemática edad de setenta años. El torero de los escándalos fuera de los ruedos y de las tardes de gloria dentro de ellos, ha dicho adiós para siempre, luego de padecer del corazón y sufrir un derrame cerebral en un hospital madrileño.

Palomo Linares fue uno de los toreros protagonistas del siglo veinte, desde sus inicios, cuando debutó en el 65, hasta su última despedida de luces, en Benidorm, en el 95; desde aquella campaña, tan revolucionaria como temeraria, con el Cordobés, recorriendo la legua y los pueblos en el 69, hasta aquella histórica faena a “Cigarrón”, en el 72, cuando Las Ventas se volvieron un manicomio y luego de casi cuarenta años se concedió un rabo como premio a lo acontecido en la arena.

Pero también fue más que eso. Fue una historia de lucha y tenacidad, de entrega y valentía, que lo hizo salir de aquella vida de penurias de su niñez, siendo hijo de un minero y dedicado desde tempranísima edad al oficio de aprendiz de zapatero, hasta su actividad, ya en el retiro taurino, como pintor y ganadero.

Sebastián Palomo Linares nunca se encogió ante los embates y dificultades de la vida. Sólo eso explica que, apenas alternativado, se haya lanzado a la aventura de desafiar al sistema, romper con las empresas taurinas y sus intereses, y recorrer la geografía española alternando con Manuel Benítez, El Cordobés, en aquella campaña que se conoció popularmente como de “los guerrilleros”, o que incursionara en un set de televisión para encarar, y retar, a una figura como Paco Camino que escasos minutos antes se había referido a él como “este muchacho”. “Muchacho nada”, le habría escupido a la cara el de Linares, mientras, frente a las pantallas televisivas, señalaba la cara del de Camas, con un amenazante dedo índice y lo retaba a zanjar diferencias afuera del estudio o en una plaza de toros.

El diestro de Linares alcanzó la fama y se convirtió también en actor de cine, protagonizando varias películas muy populares en su tiempo; cruzó el Atlántico y triunfó tanto en Sudamérica como en México, y decidió retirarse de los ruedos  en tres ocasiones, la primera en Bogotá y la última, como se ha dicho, en Benidorm. Luego se haría ganadero de bravo, comprando la afamada dehesa de Pérez Tabernero, y en pintor exitoso, exponiendo su obra en diferentes partes del mundo.

Fiel a su estilo apasionado, se casó con una bellísima modelo colombiana, Marina Danko, con la que tuvo tres hijos, y con la que concluyó una vida en común de más de cuatro décadas en medio del escándalo mediático y de dimes y diretes jurídicos.

Efectivamente aquella faena a “Cigarrón” en Las Ventas, que tanto entusiasmo causó y tantas repercusiones y discusiones generó, fue un parteaguas en la vida profesional de Palomo Linares. Aquel toro de Atanasio Fernández significó el punto culminante de su brillante trayectoria como matador de toros y se inscribió en los anales de la historia del toreo. Pero llama la atención que haya sido el propio torero quien, en entrevista, haya colocado también otra faena, junto con la de Madrid, en la cúspide de su vida torera: una en la Plaza México. “Ahí también corté un rabo”, habría dicho con satisfacción.

Ha muerto pues Palomo Linares. Con él se va toda una época, y una estirpe de toreros, de esos que van por todo y son capaces de partirse el alma dentro y fuera de una plaza de toros. Uno de esos toreros de los que ya no abundan.