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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

El toreo, a más de ser un espectáculo de masas, es un rito y una tradición acendrada en el alma de varios pueblos. Por más que se le mida con números de trofeos conseguidos, contrataciones e indultos, su esencia no tiene más medida que el sentimiento y la emoción.

O al menos, así debería ser el toreo.

Ese sentimiento, o esa emoción, que nos hace recordar un solo y bellísimo lance, un muletazo profundo o una estocada en todo lo alto; el que no obliga a esperar por muchas tardes el preciso momento en que un detalle que sucede en el ruedo nos logra tocar las fibras más íntimas del alma, ésas para las que poco importa el número de orejas.

Pero el mundo del toreo, por cierta desgracia, también se ha convertido en un negocio en el que los números son fundamentales. Y no estarían del todo mal si sólo sirvieran para engrosar las frías estadísticas que poco debieran de importar. El problema es que parecen hacerse convertido en esenciales y lo único que cuenta en el espectáculo taurino de hoy.

¿Qué más da si la estocada fue caída, o la faena malograda, o la distancia perdida, o el templo ausente, si hay orejas? Son ellas, y nada más, las que parecen dar cuenta de lo bueno que puede ser un torero, de lo importante que pudo haber sido una tarde, aunque el acontecimiento no se quede, ni remotamente, para alimentar el espíritu o incentivar el recuerdo de lo sucedido entre los testigos.

Parece no importar mucho que la faena haya sido extraordinaria, o se haya logrado una tanda inolvidable, o si se fue honesto más que vividor en el ruedo; lo que realmente importa es cortar el mayor número de apéndices posible, como si en ello se fuera la vida profesional. Y acaso se va.

En ello reflexioné después de la corrida efectuada en Tequisquiapan hace algunos días, con el triunfo de casi todos los alternantes, quienes les hicieron los honores a un muy manejable encierro de Fernando de la Mora. Aquella tarde me llamó la atención la actitud de las cuadrillas de dos inobjetables figuras del toreo: Pablo Hermoso de Mendoza y Enrique Ponce. Ambos maestros en el ejercicio de su oficio.

El navarro, por su lado, vino a revolucionar el toreo a caballo, al grado que lo transformó de manera significativa, y el valenciano derrocha poder y una sapiencia ante los bureles, así sean éstos poco manejables.

Sin embargo, pese a la labor de los dos en el amplísimo ruedo de aquella plaza portátil, donde, habría que decirlo, Pablo cayó en los excesos de la coba a los tendidos, las infanterías se la pasaron azuzando al público en beneficio de sus patrones. Los de uno y los del otro (el de Hermoso de Mendoza es un especialista en eso de alborotar públicos), aprovecharon la ocasión para influir con sus ademanes en que se exigieran dos orejas en lugar de una, o incluso, en tomar el rabo del toro recién muerto, para orientar la tendencia de un respetable no siempre bien enterado y las más de las veces alegrón.

Y lo lograron.

Y así la dignidad de lo realizado en el ruedo, sobre todo en caso de Ponce, se volvió agua entre las manos, polvo de mejores y más sólidas piedras, vergüenzas innecesarias, manchones de vil comercio en el impecable terno blanco y oro de la Fiesta.

Pero lo que cuenta, lo que relatan los despachos noticiosos que recorrieron el mundo, fueron las dos orejas de Pablo y el rabo de Enrique para engrosar sus estadísticas. Triste, tristísimo, negocio, donde habría que darle el mérito que le corresponde a las infanterías, que ya encontraron otra forma adicional para caer en gracia de sus patrones y mantener la chamba.