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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

Ahora que se habla de una posible modificación al reglamento taurino para el Municipio de Querétaro, cosa que a todas luces es necesaria, sería interesante que los promulgadores de esta nueva norma se animaran a ponerle valentía a la empresa y la modificaran en beneficio de la Fiesta, y no exclusivamente de los intereses comerciales. Y entre todas las posibilidades que se me ocurren, resalta de manera especial la de eliminar la cotidiana práctica del toro de regalo.

Quiero entender que esto de regalar toros nace de la genuina necesidad de un torero por alcanzar el triunfo deseado, aún a costa de su bolsillo, y que los aficionados mayoritariamente estarán siempre de acuerdo con aquello que viene de más por el mismo precio. Pero, por desgracia, la práctica de toro de regalo se ha venido desvirtuando hasta convertirse en lo que hoy padecemos casi como costumbre en las plazas mexicanas.

El vicio, ese que como mala hierba crece entre las espigas del buen trigo de la tauromaquia, ha acabado por hacerse mala costumbre, práctica cotidiana, recurso fácil, retorcida salida, a lo que, en principio, quizá tuvo una buena intención. Es decir que, como suele suceder en la actividad de los seres humanos, una buena intención acaba en mala práctica.

Porque todos sabemos que lo del toro de regalo va mucho más allá de una simple intención de agradar y suele ser un recurso cargado de falsedad en el que la gran mayoría de las figuras ocurren, incluyendo, de manera privilegiada, las españolas, que apenas pisan territorio mexicano se decantan por el toro chico y arreglado, y se amparan, por si las moscas, en el famoso toro de regalo.

Por aquí y por allá, no sólo en plazas pequeñas, sino también en las grandes, las figuras del toreo actual cuentan con la carta marcada que aguarda en toriles por si las cosas no marchan del todo bien. El toro especialmente escogido que se reseña como reserva, pero que todos los involucrados menores saben que es intocable; el toro cuyos papeles y características físicas pueden garantizar, en la medida en que en el toreo pudiera garantizarse algo, el triunfo que la suerte no concedió.

Y eso rompe de tajo con una de las características fundamentales de la Fiesta: precisamente la de dejar en manos del destino, de la suerte, la materia prima que hace posible, o no, una obra de arte taurina. El rito de dejar que Dios reparta suerte en un sorteo, en igualdad de condiciones para los grandes y los más pequeños, se desvirtúa en el momento en que alguna de las reses está ya destinada a alguien en particular.

Y se dirá, claro, que el tema es de menor importancia, pero desde mi perspectiva, no es así. Como no lo es tampoco para una buena cantidad de aficionados, y también para algunas agencias noticiosas taurinas, que no se toman la molestia, en una postura de dignidad, de relatar, ni contabilizar, lo que pasa con los cada vez más abundantes toros de regalo.

El prohibir esta práctica en Querétaro abonaría a la seriedad de la Fiesta de los Toros, ayudaría a mantener sus valores primigenios y estorbaría un poco la vergonzante postura de autoritarismo de algunas figuras que olvidaron ya cómo empezaron en esa difícil profesión de matadores de toros.

En la guerra de los egos en pos de la cima de la Fiesta, el toro de regalo se ha vuelto un arma letal y secreta que sólo parecen tener en su arsenal los poderosos. Valdría la pena quitársela de tajo para que se la rajen a cañonazo limpio y dignidad torera con los que vienen detrás. Todo en beneficio de este espectáculo que tanto aseguramos respetar.