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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

La profesión de cirujano requiere un espíritu especial, de una entrega a toda prueba, y de una obligatoria necesidad de aprender a diario. Más aún cuando en las manos de ese cirujano está la vida de los toreros, siempre con el tiempo en contra, siempre con el deseo del paciente por volver cuando antes a una profesión que le puede costar, a la vuelta de cualquier faena, la vida.

Parece que fue ayer cuando el Dr. Francisco Alcocer Pozo daba lustre a su profesión y ganaba prestigio a nivel internacional por las intervenciones quirúrgicas que realizaba a favor de los toreros de su época. Por sus manos, profesionales y hábiles, pasaron algunos de los más prestigiados matadores de toros alcanzados por el riesgo natural que conlleva su oficio.

Y al Dr. Alcocer Pozo le sucedió su hijo del mismo nombre: Francisco Alcocer Herrera, quien por muchos años se convirtió en una referencia en el mundo de la cirugía taurina, atendiendo a los toreros que sufrían algún percance, y convirtiéndose en el jefe del equipo médico que atendió por décadas los festejos en la Plaza de Toros Santa María.

Y como si se tratara de una de esas largas dinastías de toreros, que de generación en generación van brindando lidiadores a la Fiesta, los Alcocer también siguen heredando la capacidad de atender, entre otras muchas cosas, los percances taurinos. Hoy, en las mismas instalaciones del queretano Sanatorio Alcocer, la tercera generación de cirujanos taurinos está ya ejerciendo con eficacia su labor y salvando vidas de toreros.

La noche del pasado domingo, Francisco Alcocer Fernández, hijo y nieto de los médicos mencionados antes, dirigió una complicada y larga intervención a un joven novillero aguascalentense, José María Hermosillo, que en el coso Carlos Arruza de Pedro Escobedo, sufrió una cornada de pronóstico grave.

Fue al entrar a matar cuando José María recibió una cornada de dos trayectorias que afectaron la vena y la arteria femoral, situación siempre temida por los toreros, pues algo así solía ser mortal. Los casos de Manolete, en Linares, o de Paquirri, en Pozoblanco, son dos ejemplos trágicos de cornadas muy similares, a los que pueden agregarse otros con resultados finalmente satisfactorios: Manolo Martínez, en la México, José Tomás, en Aguascalientes, o Manuel Escribano, en Alicante.

De Miura era el toro que le quitó la vida a Manolete, “Borrachón” se llamaba el que le propinó la cornada más grave atendida en el embudo de Insurgentes a Martínez, “Navegante” el que casi acaba con la carrera de Tomás…

La de Hermosillo, propinada por un novillo de escasa presencia de Los Encinos, fue de esas: Cornada de dos trayectorias que lesionó la vena femoral y seccionó la arteria del mismo nombre, y que requirió una intervención de casi seis horas de duración en el quirófano del sanatorio ubicado en la céntrica calle de Reforma.

José María tiene apenas veintiún años y una envidiable condición física. Eso, y también la oportuna intervención del médico Álvaro Tejeida, quien lo estabilizó en la ambulancia que trasladó al torero desde Pedro Escobedo, ayudaron a que la labor quirúrgica de Alcocer Fernández alcanzara el éxito y permitiera que el novillero esté ya pensando en su reaparición en dos meses.

Y así como las dinastías de toreros prevalecen y nos dan ejemplo de continuidad, en el mudo de la medicina de esta compleja y delicada especialidad, también los conocimientos y la experiencia se reproducen y actualizan. En Querétaro tenemos el privilegio de contar con una: la de los Alcocer, que inició con un Francisco, y que hoy, con otro Francisco, sigue siendo referente y orgullo de la medicina taurina.