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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

La del pasado sábado en Madrid no fue la única ocasión en la que un torero ha ejecutado la suerte suprema, la de matar, desarmado de muleta y a cuerpo limpio. No ha sido la única, ni será la última, pero ésta tuvo un sabor especial.

En julio de 1934, en la antigua plaza madrileña de Las Ventas del Espíritu Santo, el hecho fue consumado por Lorenzo Garza, que aquella tarde respondió así a la hazaña de El Soldado de entrar a matar con un pañuelo como engaño, en un festejo en el que los dos mexicanos, entonces aún novilleros, acabaron por protagonizar un emocionante mano a mano, tras salir herido Cecilio Barral. Luis Castro logró una media lagartijera a la que siguió la obtención, entre una apoteósico ambiente, de las dos orejas y el rabo; el “ave de las tempestades”, por su parte, pinchó, pero se recompuso con algunos pases y un volapié perfecto, éste ya ejecutado con muleta en la mano siniestra, que le alcanzó para cortar las dos orejas.

Y Garza, desde luego, no ha sido el único. Hubo un torero, incluso, que casi se especializa en realizar la suerte suprema a cuerpo limpio: Antonio José Galán, quien la hizo con bastante asiduidad, sobre todo en Pamplona, incluyendo una ocasión que especialmente quedó grabada en la mente de los aficionados españoles, justamente en la capital navarra y ante un toro de la ganadería de Miura, en 1973, mientras caía una tormenta; es decir, con todos los ingredientes para causar terror.

Otro torero que se aventuró a una empresa tan osada fue Gómez Escorial, también en Pamplona y frente a un Miura, cornalón y astifino, que cerraba plaza. El diestro recibió en el intento una paliza, pero sin cornada, aunque también sin oreja, pues el espadazo no fue suficiente para que el bicho doblara y tuvo que recurrir al descabello.

Y el momento que aún se recuerda con insistencia, pues fue precisamente en Las Ventas y no hace tanto, fue el de Iván Fandiño, en el 2014, cuando el diestro vasco, a pesar de contar ya con una oreja en las alforjas, se lanzó a la temeridad de citar a cuerpo limpio a un toro de Parladé, que finalmente tuvo que pasaportar, tras la estocada, de dos descabellos. Pese a ello, en la plaza más importante del mundo le concedieron la segunda oreja, y aquella tarde Fandiño salió a hombros por la Puerta Grande del coso madrileño.

Un novillero, Gonzalo Caballero, también completó la hazaña, en la misma plaza, en el 2015, recibiendo en el trance una aparatosa voltereta que le provocó contusiones y erosiones múltiples. El novillo de El Parralejo tuvo que recibir dos descabellos adicionales para poder ser pasaportado y a Caballero le fue concedida una oreja desde el biombo, que fue protestada.

Pero como digo, la del sábado pasado, decidida por Joselito Adame a la mitad del abono isidril de este año, fue especial y única; estuvo revestida de particularidades que la hacen singular, irrepetible e inolvidable.

Adame está firmado sólo dos tardes en Madrid, y apenas algún otro contrato para la larga temporada española; es decir, que en estas dos comparecencias en Las Ventas se juega el año y quizá más.

Lo sabía bien cuando se perfiló a matar al que cerraba plaza, que le había tocado en suerte tras el percance sufrido por Francisco José Espada. La plaza más exigente del mundo había permanecido silenciosa ante su labor anterior, incluso en este último de la ganadería de El Torero, donde había dibujado algunos naturales de excelente manufactura. Por su mente pasó la idea –acaso la había meditado en otro momento como una posibilidad de aferrarse al triunfo-, lanzó la muleta a un lado, colocó en su lugar la mano izquierda a manera de engaño, y se fue tras el morrillo.

La suerte se ejecutó con una verdad temeraria, sin falsedades ni ventajas; tan sólo él y su cuerpo frente a un toro de bastante más de quinientos kilos, y pitones bien servidos para hacer daño. La estocada fue perfecta, de efectos rápidos y contundentes, y el hidrocálido salió milagrosamente sin una cornada en el cuerpo. Quedó, eso sí, bajo el burel, de donde tuvieron que sacarlo las cuadrillas.

Mirando las fotos del momento parece increíble que el diestro sólo hubiese sacado de la experiencia una contusión en la cresta ilíaca y erosiones múltiples en el cuero cabelludo, además de una taleguilla -azul añil y oro- atravesada sin tocar su carne de valiente. Una oreja vendría desde las alturas, y muy diversas y contradictorias opiniones sobre el acontecimiento en las redes sociales.

Me quedo con el comentario de Rosario Pérez en el ABC madrileño: “Se tiró a matar a cuerpo limpio, con el alma y el corazón desnudos”. Sólo así se alcanza el trato de figura.