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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

Más allá de gustos y de fobias, o de miradas diversas y subjetivas sobre el toreo y las formas de interpretarlo, la tarde del pasado viernes, en la catedral taurina de Las Ventas, se confirmó algo que, por otra parte, no necesitaba de confirmación: la maestría de Enrique Ponce.

Los veintisiete años se alternativa, los muchos bureles lidiados, lo abrevado en el intenso y sinuoso camino, han convertido a Ponce, desde hace algún tiempo, en una de esas figuras emblemáticas que marcan una época y escriben páginas que necesariamente quedarán para la historia del toreo que nos tocó vivir. Una historia en la que la palabra “poder” se repite como una constante. El poder de poderle a los toros.

Y la tarde del viernes, cruzado ya el ecuador de la feria taurina más importante del mundo, se pudieron apreciar las características de este Ponce que vive el mejor momento de su carrera profesional, cuando enfrentó a dos toros totalmente distintos, en cuanto a comportamiento y presencia, y a ambos les hizo faena.

El primero de Domingo Hernández fue excelente, casi diría que extraordinario; con sus más de seiscientos kilos al lomo, el toro bautizado como “Libertino” dejó a su valenciano lidiador dejar sentir lo mejor de su tauromaquia, primero con el capote y luego con la muleta, teniendo los mejores momento por el lado derecho, además de un soberbio cambio de mano, que repetiría, por cierto, en su segundo.

Este otro era un burel, burraco de pelaje, con muchas más complicaciones; difícil, áspero y de derrotes constantes. Y también a éste le hizo faena, una faena que en otras manos hubiese sido imposible, pero que en las del maestro de Chiva apareció de la nada para sostener la sapiencia de un torero que casi todo lo puede, y que ha dado muestras de ello en todo el planeta taurino, Querétaro incluido.

Lo discutible de esta comparecencia madrileña de Ponce fueron los trofeos que le hicieron salir a hombros, por la puerta grande, hasta la mismísima calle de Alcalá. Dos orejas, una tras cada lidia, que fueron pedidas por la mayoría de los espectadores y que el Juez de Plaza –Presidente le llaman allá- concedió sin mayores elucubraciones.

Ponce pinchó a su excelente primero antes de conseguir una estocada entera, y también lo hizo a la previa obtención de una media tendida a su complicado segundo. Pinchazos, incluso con aviso en el cuarto de la tarde, que hubiesen seguramente impedido cualquier premio físico en otras circunstancias o con cualquier otro torero. Y de ahí la controversia y la incomodidad de algunos –no sé qué tantos- aficionados de rancio cuño.

Y es que Madrid es Madrid; es la cima, la plaza más encumbrada y de más prestigio con la que cuenta el orbe taurino; el espacio donde las orejas cuestan lo que en ninguna otra parte, y donde el público se ha vuelto exigente hasta los excesos.

Pero independientemente de ello, y de las dos orejas y la salida a hombros que a algunos les parecerá demasiado para las habituales condiciones del coso madrileño, Enrique Ponce volvió a demostrar, con autoridad notoria, el nivel de excelencia con el que cuenta. Porque Ponce, como Madrid, está en la cima, y eso, con dos orejas de más o de menos, es indiscutible.