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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

El componente más importante de la fiesta de los toros es, precisamente, el toro de lidia; un animal criado ex profeso para llegar a la plaza y brindar nobleza y peligro, bravura y casta. Pero por desgracia, no siempre se le da la primordial importancia que tiene, ni se aquilata lo que representa para la autenticidad de esta fiesta de tantos años.

Ahora que acaba de concluir la feria taurina más importante del mundo, la de San Isidro en Madrid, se ha hablado de lo más destacado del serial y se ha dado el nombre del toro, que a juicio de quienes estuvieron muy al pendiente de lo que aconteció en Las Ventas, merece ser considerado el mejor de los toros lidiados en los poco más de treinta festejos.

Sale, casi sin discusión, un nombre un tanto extraño para un toro de lidia: Hebrea (así, en femenino), de la ganadería de Jandilla, que fue lidiado por el diestro francés Sebastián Castella. Toro  de los llamados “de bandera”, que hubiese sido merecedor del indulto en casi cualquier plaza del mundo, salvo precisamente, Madrid, donde sus despojos fueron aplaudidos en una emotiva vuelta al ruedo.

Negro de pelaje, con el número noventa y cuatro marcado en sus costillares y con un peso de 427 kilogramos, Hebrea era un toro armónico de formas, un tanto bajo, que curiosamente barbeó en tablas y hasta amagó levemente en saltar al callejón recién había saltado al ruedo. Aunque peleó en el caballo, tomó apenas dos payasitos, muy al estilo mexicano, por parte del varilarguero José Doblado, y luego permitió, con su paso franco y largo, el que lo banderilleara espléndidamente José Chacón, quien agradeció desde el tercio una nutrida ovación, y que lo bregara con eficiencia, llevándolo a una mano a tablas, el subalterno Rafael Viotti.

Castella lo toreó por ambos lados, aprovechando la prontitud y claridad en la embestida, y la alegría en la repetición, una y otra vez, ante la invitación a ir a la franela. Aunque rascó constantemente en la arena, Hebrea no rehuyó un solo cite, ni pichecateó un largo y completísimo recorrido. Luego, tras media estocada un tanto trasera, se resistió a morir y tardó en doblar, demostrando hasta el último momento su bravura.

Una sola oreja le concedieron al lidiador francés, pero el de Jandilla recibió un póstumo reconocimiento por su condición de toro de verdad.

Y si bien Hebrea mereció ya el reconocimiento popular como el mejor toro de la feria, no fue el único que destacó a lo largo del periplo madrileño; otros más, igualmente bravos aunque con diferentes características, han merecido ser recordados por su comportamiento y por lo que representaron para la tauromaquia. Traigo aquí a colación apenas a otros dos.

El primero de ellos, un burel de la siempre interesante ganadería de Victorino Martín que recibió el nombre de Pastelero y que lidió, nunca tan bien ocupado el término, el murciano Paco Ureña.

Cárdeno, bragado y meano, con 520 kilos a cuestas, el Victorino fue un ejemplo de lo que es un auténtico toro bravo y evidenció los porqués la actuales figuras del toreo le suelen dar la vuelta a su dehesa de procedencia. Un toro encastado, derrochando fiereza, pronto y fijo, al que no había que perderle la cara y a quien, para poderle, había que emplear conocimiento, destreza y facultades físicas.

Todo ello tuvo Paco Ureña, que pasó fatigas con él desde el primer tercio, lo mismo que sus infanterías en el segundo, para después torearlo con la muleta por ambos lados, sometiéndolo en un trasteo tan emocionante como arriesgado. Lo mató de estocada un tanto caída y tres descabellos, para recibir el premio de la vuelta al ruedo, luego de que Pastelero fue fuertemente aplaudido en el arrastre.

Y finalmente, otro toro digno de recordarse en el serial fue Libertino, de Domingo Hernández, que le tocó en suerte a Enrique Ponce en su comparecencia madrileña. Un toro de 618 kilogramos de peso, que vino a desdibujar la creencia de que los toros pesados no tiene fuelle y acaban por pararse. No fue ésta, por cierto, la única suposición constante que echó por tierra, pues su desempeño en el último tercio fue espléndido a pesar de darse una marometa completa tras ser picado.

Tomó dos varas este burel fijo, bravo y con recorrido, acaso mejor por el lado derecho que por el izquierdo, pero con emotividad y nobleza por ambos lados. Ponce lo toreó a placer, con ese hálito de maestro que lleva consigo, con la figura erguida y con la sapiencia en la muñeca. Lo mató de estocada tras un horrible pinchazo.

Hebrea, Pastelero y Libertino, tres nombres que habría que recordar; tres toros que nos reconcilian con lo auténtico, con lo verdadero, del toreo.