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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

 

Se llama Francisco Díaz Flores y tiene ya hoy cuarenta y dos años de vida.

No, no es ningún jovencito, y menos si tomamos en consideración que su profesión es la de torero. Tan no lo es, que a principios de esta temporada había tomado la decisión de irse finalmente de su profesión, sin mayores ruidos ni anuncios, con la discreción que marcó su ya larga y sufrida carrera como matador de toros.

Pero con la decisión tomada en su interior, con una muy incierta campaña final por delante a dieciocho años de haber tomado la alternativa, Curro Díaz, que tal es su nombre de torero, fue llamado para lidiar el Domingo de Ramos en Madrid una corrida de Gavira, en uno de esos carteles que no constituyen atractivo mayor para la prensa especializada. Y esa tarde representó el inicio de un evidente quiebro en sus planes, pues salió por la puerta grande, tras cortar dos orejas.

Abrir esa puerta, para salir por ella en volandas hasta la calle de Alcalá, le costó al diestro nacido en Linares, la tierra que vio morir a Manolete, casi un cuarto de siglo, desde su presentación en esa plaza que da y quita; casi dos décadas de soñar despierto desde que se doctoró en su ciudad natal, y poco más de una de su confirmación en el coso venteño.

Luego se fue a Colombia y regresó a España para cumplir un puñado de compromisos en otras tantas plazas mayoritariamente de segunda categoría, entre ellos la infausta tarde de julio en Teruel, donde perdió la vida Víctor Barrio, y donde, al ser primer espada como ya suele serlo casi siempre, tuvo que liquidar a “Lorenzo”, el toro de la infausta cornada.

Pero el 2016, en las postrimerías de una carrera marcada por la lucha y el esfuerzo, le tenía reservado uno de esos milagros que no abundan pero que se dan, entre las costuras de una reflexión que se hizo a sí mismo meses atrás: “Al fin y al cabo, ya no tenía nada que perder”.

“Empecé a estar a gusto y a disfrutar delante del toro”, reconoce hoy, tras meses de una exitosa temporada que lo ha impulsado inusitadamente y luego de la que considera, apenas el pasado sábado, “la tarde más importante de su vida”, justo ahí, en Las Ventas.

El primero de octubre, Curro Díaz volvió a la capital del toreo tras su triunfo del Domingo de Ramos, y lo hizo en mano a mano con un joven torero que mucho ha dado también de que hablar esta temporada: José Garrido, para lidiar un encierro, difícil, áspero y peligroso, del Puerto de San Lorenzo.

Y Curro Díaz, tras veintiséis años de debutar con picadores y luego veinticuatro de pisar por primera vez la arena del ruedo de la plaza más importante del mundo, se la jugó como un valiente en los tres toros que le tocaron en suerte, lidiando por ambos lados con solvencia, ejecutando naturales mayúsculos y bellos derechazos; abriéndose de capa con soltura, sentándose en el estribo y entrando a matar con verdad.

Muy caro podía haber pagado la osadía de hacerlo ante una corrida que, según narran las crónicas, se caracterizó por lo dura, lo áspera y violenta –“Hubo momentos de angustia, pero cuando se resolvían lo eran también de liberación”, ha dicho sobre su aventura frente los de San Lorenzo-. Sin embargo, todo quedó en dos aparatosas y angustiantes volteretas, y dos cornadas internas de las que ya se atiende.

La actuación de Curro Díaz el pasado sábado en Madrid ha sido de tal envergadura que incluso opacó un tanto, en las redes sociales, la noticia bomba de la dimisión de Pedro Sánchez a la coordinación del PESOE español en la misma fecha, convirtiéndose en “trending topic” en Twittter.

“Todo esto me viene en mi mejor momento de madurez”, ha dicho también Curro Díaz, un humilde torero de Linares que vuelve a demostrarnos lo maravilloso, emocionante e inesperado que puede ser el mundo de los toros.