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Sólo para Villamelones

  • Manuel Naredo

Personalmente nada tengo en contra de los llamados animalistas; o mejor dicho, nada en contra de la gente que, de buena fe, considera a la Fiesta de los Toros como un espectáculo sangriento al que no quiere asistir, ni le interesa preservar. Entiendo y respeto la postura y la creencia de quien ha estado alejado desde siempre de un mundo como el del toro bravo, e incluso lo hago también con quien, conociéndolo, ha decidido no mantener su afición.

Lo que me parece mal es la cada vez más proclive costumbre de criticar desde la ignorancia absoluta de lo que es la Tauromaquia, y todavía más si esta ignorancia consolida argumentos que sustentan la agresión, a veces vil y despiadada, para quienes no piensan como ellos.

Me parece irresponsable el que se utilice a las redes sociales para divulgar con singular desparpajo mentiras, o verdades muy a medias, de los entretelares de la Fiesta, sin tener la más remota idea de lo que se está suscribiendo; indigno me parece que se haga mofa, por esas mismas vías de la modernidad de hoy, de quienes han muerto, o sufren alguna desgracia personal, a causa de un espectáculo centenario como el de los toros.

Tras la muerte, el año pasado, del torero segoviano Víctor Barrio, por ejemplo, se propagó la versión de que era una costumbre entre los ganaderos de bravo el matar a los padres y hermanos del toro que hiriera de muerte a un torero, versión que se complementaba con comentarios en todos los tonos en contra de una práctica así. La amañada versión fue tan difundida, que tuvo que salir la ganadería de los Los Maños, donde se crió el toro que mató a Barrio en Teruel, a desmentirla, aclarando que los padres del burel habían sido sacrificados, por viejos, antes de la lidia de éste, y que sus hermanos habían sido ya lidiados o pastaban tranquilamente en la dehesa.

Pero la aclaración no hizo mella en quienes difunden la mentira, otra vez enarbolada en los mismos términos, tras la muerte en Francia, apenas el pasado sábado 17, de Iván Fandiño, y no será extraño que tengan que salir los ganaderos de Baltazar Ibán a aclarar también cuál ha sido el destino de los familiares directos del toro que murió unos minutos después de herir al torero vasco, como era previsible, tras su lidia y en la misma plaza.

Otro video que se ha hecho viral, y que se aparece en las redes periódicamente, es el de un aparente toro de lidia que juguetea en un jardín con su dueño, se deja hacer cariños, va tras la pelota y retoza como perro hogareño, dando a entender que los toros no son bravos y que se pueden domesticar como cualquier perro, para tenerlo, no sé con qué motivo, en el patio de la casa. Un absurdo que niega la naturaleza misma de una especie animal que desaparecería de la faz de la tierra en el momento en que se abolieran las corridas de toros.

Estos virulentos animalistas, que son capaces de burlarse de un ser humano muerto en una plaza de toros, o de la desgracia de otro por perder un ojo, más allá de la vileza de su corazón, viven en un mundo irreal, centrado en el ataque a un espectáculo concreto, mientras cierran los ojos ante las verdaderas injusticias de la vida, queriendo hacer que los perros, los gatos, los patos y hasta los cerdos, se comporten, contra natura, como seres humanos que nunca serán.

Creo que siempre deberá ser bienvenida la crítica fundada en argumentos sólidos, y respetada la postura en contra de las corridas de toros. Lo que da una pereza mayúscula es tener que contestar ideas sustentadas en una ignorancia tan supina que llega a ser temeraria. En esta última tarea los taurinos no deberíamos perder el tiempo, pues hay siempre muchos motivos para invertirlo en esa maravillosa Fiesta que, mientras se pueda, seguirá siendo nuestra pasión.