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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

Hace un par de días, una impresionante fotografía de una calle de Pamplona durante uno de sus tradicionales encierros se hizo viral en las redes sociales, sobre todo por la repercusión, que con comentarios de todo tipo generó. Se trata de una imagen que reúne lo multitudinario, lo festivo y lo colorido de una de las ferias más importantes y famosas del mundo: la de San Fermín.

La foto, como le digo, es muy significativa: los toros de la corrida vespertina corriendo, en compañía de los cabestros, mientras que infinidad de corredores intentan abrirse paso entre el mar de gente que los antecede, y una multitud mirando apostada en los balcones característicos de la capital navarra. Un momento captado por una cámara que habla por sí solo de lo que es, de las dimensiones, de esta longeva tradición.

Los comentarios son también multitudinarios, con el aderezo de uno del comentarista deportivo David Faitelson, quien con su crítica a la tradición pamplonica, revolvió aún más el cotarro, no exento, por desgracia, de insultos.

Y es que el de Faitelson, que tiene todo el derecho de estar en contra de tradiciones como la de los encierros de Pamplona, carece sin embargo de mayor información y se queda en una apreciación superficial de esta fiesta, sesgada hacia los puntos negativos que ésta trae necesariamente consigo.

Pero la Fiesta de San Fermín es mucho más que esa somera visión de los que critican todo lo relacionado con el mundo de la tauromaquia; es una fiesta que data de la Edad Media, que en otros tiempos fue mucho menos conocida, y que tiene, efectivamente, al toro de lidia como protagonista indispensable.

Desde el siete de julio, día de San Fermín, hasta el catorce del mismo mes, todos los días y en punto de las ocho de la mañana, los toros que serán lidiados por la tarde en la corrida previamente anunciada, recorren los casi 850 metros que separan los corrales donde durmieron la noche anterior a los de la plaza donde se escenificará el festejo; lo hacen por las calles de Pamplona, previamente alistadas para el acontecimiento, y en medio de un cada vez más creciente número de corredores, que a fuerza de fama y publicidad, necesariamente han vuelto más compleja su actividad.

Contra lo que mucha gente supone, San Fermín, el santo por el que se organizan los festejos y al que le rezan los corredores antes de este recorrido llamado encierro, no es el patrono de Pamplona, sino San Saturnino, pero la fiesta en su honor ha ido enriqueciéndose en visitantes y participantes, sobre todo y con mayor fuerza desde que el escritor Ernest Hemingway escribiera sobre el tema.

Desde las doce del día del seis de julio, cuando se lanza el popular “chupinazo” desde el balcón principal del Ayuntamiento de Pamplona, hasta las doce de la noche del quince de julio, cuando en la Plaza Consistorial se canta a todo pulmón “Pobre de mí, pobre de mí, que se ha acabado la fiesta de San Fermín”, la capital de Navarra vive una fiesta de ya muchos siglos, que de ninguna manera puede calificarse insustancialmente como lo sentenció Faitelson: “…una muchedumbre de borrachos, sinvergüenzas…”