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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

José Antonio Morante de la Puebla es uno de esos toreros de excepción; de esos que salen de cuando en cuando a marcar un tiempo y un espacio en la historia del toreo. Morante, toda proporción guardada, se asemeja a toreros agitanados y prestos a la controversia como Curro Romero o Rafael de Paula. Se dice, incluso, que el diestro de La Puebla es un descendiente innato de estos personajes ilustres del toreo.

Por eso es que tanta reacción ha tenido el anuncio de su partida de los toros, apenas este fin de semana anterior en Málaga, aún a pesar de que casi todos sabemos, y todos suponemos, que regresará de nuevo, como ya lo hizo anteriormente tras algún receso en su carrera, a partir plaza.

Sin embargo, pese a que se trata, como digo, de un torero excepcional, de una calidad artística suprema, también es cierto de que a Morante se le ha ido pasando la rosca en su cotidiano actuar taurino, ha caído en excesos de vez en vez, y sobre todo, le ha puesto demasiados peros a su labor en el ruedo, al grado de que verle en plan maestro se ha convertido en cuestión de mucha paciencia, de extrema paciencia.

Y sus posturas van desde lo simplemente anecdótico a la arrogancia más imperdonable; de ponerse a regar el ruedo a mitad del festejo con un puro en la boca, a no ir a Las Ventas madrileña con la exigencia de que se eliminara el desnivel del ruedo en las cercanías con la barrera; de querer que las rayas concéntricas del ruedo en la Santa María queretana se pintaran de marrón, a escoger compañeros de cartel; de mostrarle unas gafas a la autoridad por no premiarlo como él suponía que debía de haberlo hecho, a asegurar que se va porque está cansado de esa misma autoridad, de los veterinarios y del toro grande que impide su actuar artístico.

Ver a Morante cuajar un toro es una de esas delicias que no puede olvidar jamás un aficionado taurino, pero lo malo es que para que eso suceda tienen que darse una serie de múltiples circunstancias que lo hacen complejo, y a ratos, casi imposible. Le hemos visto faenas enormes, incluso aquí en Querétaro, pero también lo hemos sufrido infinidad de tardes donde no parece acomodarse con los bureles que le tocan en suerte, y que en manos de algún otro diestro quizá hubiesen funcionado.

Personaje de contradicciones, Morante es también objeto de las más extremas posturas; de morantistas irredentos que lo alaban hasta el cansancio y lo reciben en los aeropuertos para levantarlo en hombros, hasta sus antis, que no pierden oportunidad para criticarlo y hasta burlarse de él.

El anuncio de retiro que realizó el propio Morante al concluir la corrida del pasado domingo en Málaga, donde fue abroncado mientras El Juli paseaba cinco orejas y un rabo, ha despertado las mismas contradictorias y extremosas posturas, desde quien asegura se pierde una columna fundamental del toreo actual, hasta quien se burla sobre las características de los toros que habrá de lidiar en su reaparición.

Se va Morante, al menos por un rato, y  la pregunta es si se le va a extrañar lo suficiente, o lo que los morantistas suponen; si la necesidad de verlo será lo suficientemente grande como para opacar las pequeñas y cotidianas hazañas de toreros como Antonio Ferrera o Paco Ureña, o para dejar de apreciar el momento óptimo de jóvenes realidades, como Ginés Marín o José Garrido, que se comen a puños a esos toros grandes de los que se queja el de la Puebla.

Quizá la calentura propia de una mala tarde, sumada a otras varias a últimas fechas, le hicieron a Morante tomar la decisión que tomó, y le permitieron decir lo que dijo en torno a las características de los toros que ahora se lidian en España. Lo cierto, me parece, es que es ésta una buena oportunidad para tomar distancia, para reencontrarse, para redimensionar al toreo, y volver, más temprano que tarde, con una voluntad renovada. Al menos eso sería lo ideal, por el bien de la Fiesta.