imagotipo

Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

La tradicional e insistente pegunta de por qué vuelven los toreros podría seguramente contestarla muy bien Dámaso González Carrasco, un hombre de una sola pieza, torero curtido a la antigua, que varias veces regresó a los ruedos tras retiros temporales, y que apenas el pasado sábado se retiró, ahora sí para siempre, de la vida.

Albaceteño de nacimiento, Dámaso mantuvo una de las carreras más largas entre las filas de los matadores de toros españoles, pues apareció por primera vez vestido de luces en su tierra natal, en 1966, después de participar un tiempo en la parte seria de espectáculos cómico taurinos, y se presentó formalmente por última ocasión en el 2003. Y digo formalmente, porque aún después siguió participando en festivales, y hasta una faena suya, cuando bajó desde el tendido en uno de ellos, se hizo viral hace algunos meses en las redes sociales.

Muchas fueron las plazas donde este hijo de ganadero alcanzó triunfos notables, desde el mismo Madrid, donde en dos ocasiones salió a hombros por la puerta grande, hasta Valencia, Alicante, Barcelona, Santander, Salamanca y su Albacete de origen. Aunque confirmó su alternativa en la Plaza México, de manos de Manolo Martínez y con Eloy Cavazos como testigo, no fue en nuestro país donde encontrara, cruzando el charco, los mejores resultados, pues éstos fueron en tierras sudamericanas, principalmente en Perú, Colombia, Venezuela y Ecuador.

Dámaso González había tomado la alternativa en Alicante, el veinticuatro de junio del sesenta y nueve, en una corrida donde se lidiaron reses de Flores Cubero que habrían de pasaportar también Miguel Mateo, Miguelín, su padrino, y Paquirri. Luego le tocaría confirmar en las ventas en mayo del siguiente año, con el Viti cediéndole los trastos ante la mirada de Miguel Márquez.

Se retiró por primera vez en septiembre del ochenta y ocho, luego de presentarse en Valladolid, pero regresó tres años más tarde ante la invitación de su paisano Manuel Caballero para fungir como padrino de su doctorado en la plaza francesa de Nimes. El éxito del veterano torero fue tal, que más allá de las tres orejas que se llevó en las alforjas, se convenció de que todavía tenía mucho por hacer en los ruedos.

Tan bien le fue al diestro, ya con más de cuarenta años de edad en el cuerpo, que sumó muchas fechas firmadas y hasta le alcanzó para lidiar, en el noventa y tres, dos toros que merecieron el premio del indulto: “Gitanito”, en Valencia, un toro de Torrestrella; y “Pestillito”, de Samuel Flores, en Tarazona de la Mancha, donde el reglamento prohibía esa gracia y donde él, desafiando a la autoridad, se negó a matarlo ante la mayúscula solicitud de perdonarle la vida.

Anunció González su temporada de despedida para el noventa y cuatro, alcanzando un sonado triunfo la tarde final de ese periplo, en Albacete y con Espartaco y Manzanares en el cartel, pero luego regresaría con regular éxito en las temporadas del dos mil y del dos mil tres, logrando triunfos en Albacete y Murcia.

Dámaso González, el torero grande que había empezado a lidiar reses bravas, siendo prácticamente un niño, con el mote de Curro de Alba, finalmente perdió la batalla con el cáncer el sábado pasado, muy cerca de cumplir los setenta años, y con el reconocimiento y la admiración del mundo del toro en su conjunto. Nadie como él para dictar cátedra de tauromaquia, y también para contestar con autoridad aquella eterna pregunta de ¿por qué vuelven los toreros?