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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

Aquella vieja plaza de toros era el punto de reunión de un Querétaro mucho más pequeño y acaso mucho más vivible. Era el escenario de una tradición de raigambre que habría iniciado, en una plaza pública, desde que la ciudad era menor de edad.

Si bien la tradición taurina de alguna manera había nacido en la llamada “Plaza de Abajo”, en lo que hoy es la mitad norte del Jardín Zenea, donde se organizó la primera corrida de toros que en la ciudad se dio, y que también existieron otros cosos antes, la Colón fue la plaza más significativa que Querétaro tuvo en la primera mitad del siglo veinte.

Ahí, en su ruedo, se escenificaron festejos por donde pasaron todas las figuras taurinas de su tiempo, y en sus tendidos se paseó y lució lo más selecto de una recatada sociedad que en los toros, como de alguna manera sigue sucediendo, veía una buena oportunidad para ver y ser visto.

La clase alta queretana en las primeras filas, y la plebe en el resto del tendido, lanzando bolsitas con naftalina de aquí para allá, envolvían a un espectáculo que tenía a los toreros como protagonistas, no sólo al interior de la plaza, sino también a lo largo de la calle hoy llamada Juárez, que recorrían en carros descubiertos, de ida y regreso, desde alguno de los céntricos hoteles donde se albergaban.

Eran tiempos donde el toreo formaba parte de un mundo, vibrante y periódico, que rompía el tedio de los días, la costumbre de vivir en una ciudad que, por entonces, parecía ser sólo de paso.

Un mal día, la Plaza de Toros Colón, situada en las inmediaciones de la entonces única alameda queretana, fue derruida, en aras de la modernidad y el comercio, y la ciudad se quedó sin una catedral donde desarrollar ese espectáculo de luces y de sangre que tenía, en la corrida de Navidad, la más importante y añeja de sus tradiciones.

Por eso es que el festejo decembrino tuvo que efectuarse, aquel 1962, a un costado de la Parroquia de Santiago, en esa esquina de Próspero C. Vega y 16 de Septiembre que se ensancha y que permitió montar un improvisado ruedo, al más puro estilo de siglos atrás, similar al que seguramente se instaló en la Nueva España en la Plaza de Abajo.

Un año después, la Santa María sería inaugurada en la salida a Celaya, lejos del centro histórico y de los tradicionales hoteles que albergaban antes a los toreros, para ir forjando su propia historia, su personal tradición.

Y sin embargo, pese a la belleza del nuevo coso, la Colón siguió siendo un recordado, añorado, espacio para los taurinos de ese siglo veinte que ya también feneció.