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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

Cuando recibió la Medalla Bellas Artes por su labor como criador de toros bravos, en el 2004, había asegurado que su éxito se debía a cuatro cosas fundamentales: el trabajo, la lucha, la afición y la suerte.

No hace mucho que en estas mismas páginas hice una brevísima semblanza, un limitado homenaje, de Victorino Martín Andrés, recordando la forma en la que la Guerra Civil española lo había marcado arrancándole a su padre, y de cómo, junto con sus hermanos, se había ganado la vida como comerciante de ganado y carnicero; todo ello antes de dedicarse, apasionadamente, a criar reses bravas. Un hombre capaz de convertirse, justamente con trabajo, lucha, afición y un poco de suerte, en personaje fundamental de la tauromaquia moderna.

Victorino Martín fue un revolucionario, un hombre con intuición y sagacidad, que buscó toda su vida la crianza de un toro auténtico y sustentó esta búsqueda en la firme creencia de que la Fiesta de los Toros debe tener siempre emoción y peligro; de ahí que las figuras, las que parecen serlo, no fuesen proclives a lidiar sus reses.

Muchos nombres podrán recordarse de entre los toros por él criados a lo largo de su autodidacta carrera como ganadero, desde aquel “Baratero” cuyos restos dieron la vuelta al ruedo en Madrid, en 1969, hasta ese inolvidable burel nombrado “Cobradiezmos”, que apenas el año anterior, en Sevilla, mereciera inobjetablemente el premio del indulto. Desde “Velador”, el primer toro indultado en Las Ventas madrileña, hasta “Verdadero”, que apenas el 23 de septiembre pasado recibiera una ovación mientras sus despojos dieran la vuelta al ruedo en Logroño. Nombres como “Garboso”, “Pelotero”, “Molinito” o “Plebeyo”, que quedarán inscritos en la historia del toreo para siempre.

Inscritos como el mismo nombre de Victorino en ese azulejo colocado en la Puerta Grande de Las Ventas que alude a la seriedad y grandeza de un ganadero de bravo sin parangón en esa misma historia de la tauromaquia contemporánea.

Lo que no pudo hacer aquel toro llamado “Hospiciano”, que le infirió nueve cornadas en su propia dehesa, en 1968, lo vino a hacer un accidente cerebrovascular que apenas le dejó recibir, de manos del Rey de España, el Premio Nacional de Tauromaquia, el pasado 13 de septiembre. Victorino Martín Andrés murió ayer en su finca de Extremadura, al pie de los toros que tan brillantemente crió.

Me quedo con sus palabras, lección de la que todos los partícipes de la Fiesta deberían considerar una máxima ineludible: “El mayor cáncer del toreo es hacer un toro que no moleste; el bravo exige, molesta, hace sudar”. Gracias Victorino, muchas gracias por darnos tantos toros que molestan.