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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

Una de las reflexiones que se pueden hacer tras la primera corrida de esta temporada en la Plaza Santa María de Querétaro, acaso la más oportuna, es la imperiosa necesidad de que el sistema taurino mexicano en general, y los empresarios muy en particular, volteen la cara hacia las nuevas promesas del toreo, entre las que contamos al queretano Juan Pablo Llaguno. Y efectivamente tiene que ser así, si no se quiere correr el riesgo de malgastar el futuro a base de cegueras, de muy limitado alcance de miras.

La Fiesta es, entre otras cosas, un negocio; una tómbola de vanidades, compromisos y banalidades que, en demasiadas ocasiones, opacan su auténtica valía. Así, se fabrican toreros de la nada, o de casi la nada, se conforman equipos de intereses, se desdeñan ilusiones y se cortan cabezas a fuerza de indiferencia. Así, jóvenes que podrían convertirse en buenos toreros, acaban por simplemente desaparecer. Ejemplos de ello, por desgracia, hay muchos.

El caso es que Llaguno, con apenas veintiún años recorridos en la vida, está a semanas de cumplir los tres de alternativa, la cual, por cierto, alcanzó en la misma plaza donde se presentó la noche del pasado viernes. Treinta y cinco meses ya cumplidos de escasas oportunidad, preparación sin apenas recompensa, y esa sensación de desesperación que empieza a crecer sin remedio en el alma.

Y los aficionados, a fuerza de ausencia, empezamos a pensar que toreros como Juan Pablo no están, y que un día cualquiera, con el paso de las años, apenas existieron; que la impresión que nos causaron cuando novilleros, o cuando recién se habían doctorado, fue un espejismo sin sustento.

Por eso es tan importante para recordar, para sacar del cajón del olvido ese recuerdo, que toreros así, como Juan Pablo Llaguno, vuelvan a aparecer en un cartel y toreen tan bien de capa como lo hizo él, y corran la mano tan larga y profundamente como lo hizo él la noche del viernes pasado. Por eso es importante que los empresarios deleguen  los muchos otros intereses que acompañan al espectáculo y miren el bosque sin enturbiar la vista en los árboles cercanos; que apuesten por un futuro mejor.

Me preguntaba interiormente, mientras veía a Juan Pablo Llaguno abandonarse a su toreo de muleta después de meses de inactividad, qué sería de un joven de tal talento con toros para lidiarlos, y oportunidades, como la de esa noche, para aprovecharlas. Me preguntaba qué hubiese sido de su carrera profesional si le hubiesen ofrecido la mitad de los contratos que le han dado a otros más influyentes y mucho menos capaces. Un ejercicio de imaginación, en fin, totalmente inútil.

La cosa es que sería muy bueno que a toreros como Llaguno se les tendiera la mano con contratos, apostando por su evidente calidad, facilitando un poco el pedregoso camino que estos lidiadores están obligados a transitar; echando de pronto la mirada al futuro de una Fiesta que todos desearíamos mejor.

Por el momento creo que se ganó su repetición en el serial queretano de esta temporada. Por el momento me ilusiona pensar que lo considerarán para la México, donde ha estado bien, y para algunas de las plaza importantes de este país, donde están a punto de desembarcar, con las alforjas dispuestas a ser llenadas, unas cuantas figuras.