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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

 

Serio y discreto, sentado en uno de los mullidos sillones donde se desarrolló, en el Club de Golf de Juriquilla, el encuentro de la prensa queretana con su poderdante, escuchó las respuestas de éste, algunas acaso platicadas en la intimidad en la que el maestro suele dar consejos al discípulo. Ya rebasa los sesenta, pero conserva el talante, evidente e inevitable, de torero.

José Antonio Campuzano, que tal fue siempre su nombre de brega, se ha gastado la existencia en el mundo del toro; hermano de toreros, lo fue, lo sigue siendo, él también. Triunfador de plazas como Madrid, Sevilla, Nimes, Barcelona, Pamplona o Logroño, logró la hazaña, hace unas cuantas décadas, de matar dos corridas de Miura en un solo día, y por poco cumple la de encerrarse en Las Ventas con una de Victorino, si no hubiese sido por una inoportuna cornada que se lo impidió a última hora. Vaya, que casi nada.

Tras el retiro, en la americana plaza de Maracay, decidió dedicarse a la enseñanza y dirigió la escuela taurina de La Recua, de donde saldrían algunos interesantes toreros que habrían de dar mucho de qué hablar, entre los que destaca Sebastián Castella, al que también le dirigió los destinos profesionales por la década en la que el francés se convirtió en lo que hoy es.

Hoy, este sevillano, de Écija, que tomara la alternativa en la Real Maestranza, lleva los destinos taurinos de un fenómeno de los ruedos: un jovencísimo Andrés Roca Rey, a quien tomó como discípulo a sus escasos trece años, y a quien ha conducido por todos los rincones del orbe taurino.

Ayer en Juriquilla, como le digo, escuchó en silencio las respuestas del joven torero peruano, y luego, en cuanto la charla con la prensa concluyó, lo acompañó al campo bravo queretano, a la ganadería de don Fernando de la Mora, donde el diestro continuaría con su adaptación al toro de estas latitudes.

“El valor, la inteligencia y la clase”, me respondió, de camino a la salida, sobre lo que había en aquel niño que era Roca Rey para decidirse a apoderarlo. “Tiene una facilidad tremenda de andarle a los toros, de ser un torero muy puro”. Y luego me dijo algo que va más allá de las muchas enseñanzas técnicas que seguramente le ha prodigado: “Algo importante es hacerle ver que es muy bueno, que es único y que él puede con todo, porque dicen que la fe mueve montañas y tener fe en él mismo le hace ser importante delante de la cara del toro”.

José Antonio Rodríguez Pérez, que es el nombre original de Campuzano, es también un grande. Lo fue en el ruedo, y lo es ahora, donde ha sabido ver a la distancia el fenómeno en el que se ha convertido Andrés Roca Rey. Porque como él mismo asegura: “Ver las cosas por delante, no es fácil”.