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Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

La intolerancia, la agresión y hasta la violencia, que son barcazas donde suele navegar la sociedad en el mar de la vida de estos días, no están ausentes en el mundo del toro y en su repercusión extra fronteras. Y no me refiero tan solo a la actitud de constante ataque de los llamados antitaurinos.

Hace algunas décadas se podía discutir ampliamente, en conversaciones quizá acaloradas pero nunca irrespetuosas, acerca del toro y de sus lidiadores; había quien tenía predilección por algún torero en particular y quien por alguna ganadería, pero sus argumentos, acaso debatidos, no producían denostación y hasta insulto. Al menos no lo recuerdo así.

Incluso el escribir de toros era una actividad en la que se podía decir casi cualquier cosa sin que pasara a mayores, sin sufrir ataques de más o desproporcionados. Seguramente habría molestias, muchas, y hasta censuras, pero nada que acabara con reputaciones y tocara las fibras más personales de los involucrados.

Hoy me llama la atención el tono de quienes, por ejemplo, utilizan las redes sociales para comentar sobre el apasionante mundo del toreo, pues es precisamente en este eficaz y actualísimo medio de comunicación donde la sangre parece surtir cotidianamente a un inacabable río rojo en contra de uno u otro protagonista de la Fiesta.

Por mencionar un caso en particular, habría que citar la próxima corrida, a beneficio de los damnificados por los sismos recientes, que se escenificará en la Plaza México, y donde José Tomás encabeza una expectación lo suficientemente alta como para provocar que se agote el boletaje en tan sólo unas horas.

El tema, la presencia de Tomás, la de la reventa, la de los otros diestros anunciados, la de la ganadería, la ausencia de Enrique Ponce en el cartel, y hasta la muy probable ausencia de trasmisión televisiva del festejo, han permitido un encarnizado vaivén de dichos, suposiciones, descalificaciones e insultos, que no parecieran corresponder con la dimensión de una corrida que, pese a su atractivo, no deja de ser más que eso.

Y es que hoy en día, las redes sociales, donde se puede decir lo que sea a cambio de la mayor de las impunidades; donde se puede trocar la veracidad de una identidad por la falsedad de otra, permite todo, incluyendo ese tono que parece permear sin remedio y que llegó quién sabe por qué y cuándo: el de la violencia verbal.

Habría, pienso yo, que mesurarse. He escuchado demasiadas descalificaciones, he sufrido muchos tonos desproporcionados, a últimas fechas. Y es que hay que recordar que, en los toros como en la vida, todo dependen del color del cristal con que se mira.