imagotipo

Sólo para villamelones

  • Manuel Naredo

Todo mundo habla de su mano izquierda. ¿Y cómo no? ¿Cómo no considerar esa mano de Miguel como, no sólo la más destacada de sus cualidades, sino un elemento que marcó el acontecer taurino mexicano del último tercio del siglo veinte?

Tenía el más pequeño de los Armillita, y el mejor, sin duda, de los sucesores del Maestro de Saltillo, apenas diecinueve años cuando llegó a tomar la alternativa a Querétaro, ciudad con la que mantendría, esas postrimerías de 1977 y muchos años más, una estrecha e intensa relación. De entonces lo recuerdo, de aquella tarde del 26 de noviembre, y de otras posteriores de ese inmediato taurinísimo diciembre.

La tarde sabatina de su alternativa, Miguel Espinosa, a quien sus familiares y amigos más cercanos llamaban “el gordo”, un apodo evidentemente alejado de su físico de entonces, brindó la muerte de aquel toro de Garfias que le cedió Manolo Martínez, el diestro más importante del panorama taurino nacional, a don Fermín, su padre, quizá el torero más trascendental de los que han nacido en estas tierras, tanto que los hispanos tuvieron que aplicar el famoso “boicot del miedo” para que no se les subiera a las barbas.

Cubrió Miguel, aquella tarde y en el marco de una plaza de toros que vivía los mejores momentos de su historia, los tres tercios, y dejó constancia, sobre la arena de la Santa María, de la calidad de la que estaba hecho. Era, a todas luces, un digno sucesor del enorme Fermín.

Luego, por la noche y con su cara de niño, se fue a festejar con sus amigos a la discoteca del hotel Casa Blanca, donde se hospedaba. Ahí a Gatos, como se llamaba el lugar, llegó con José Manuel, su primo y apoderado, sus muchos amigos aguascalentenses, entre los que estaban las dos hijas mayores de don Rafael Rodríguez, el llamado Volcán de Aguascalientes, y otros más, destacando un jovencísimo Julio Robles, que se haría a la postre figura, sufriría un percance que lo dejaría parapléjico y moriría demasiado pronto.

Entonces, Miguel Espinosa, Armillita Chico, apenas iniciaba una carrera de la que se convertiría en maestro, gracias a la enorme facilidad que tenía para lidiar a los toros y esa prodigiosa mano zurda con la que ejecutaba naturales soberbios, citando, templando y mandando como los muy grandes.

Muchos fueron sus triunfos, aquí y tras el Atlántico; muchas la faenas que logró cuajar en altas dimensiones, y muchas las oportunidades que los espectadores de esa generación tuvimos de admirar su forma clásica, profunda y personal, de interpretar el toreo.

Sin embargo, pese a que fue indiscutiblemente una figura de su época, algo atoró el paso de Miguel a la cúspide de la trascendencia. Cierta apatía logró ganarle cancha a la ilusión de aquel jovencito de diecinueve años que recibiera los trastos del gran Manolo en la Santa María. Acaso el hartazgo del éxito, la vida holgada fuera del ruedo, y la inevitable exigencia, aquí prematura, que los tendidos le dan a los grandes cuando el tiempo pasa.

Tras su retiro, la vida le cobró con intereses el descuido físico, tanto que hasta lo citó intempestivamente con la muerte apenas la semana pasada. Tras conocerse su deceso, la comunidad taurina toda se lanzó a vitorearlo con el recuerdo, con el halago, con la admiración. No es para menos. Miguel Espinosa Menéndez lo merece con creces por las dimensiones de torero que fue.

Yo, tras ya cuarenta años de distancia, lo recuerdo con su cara de niño, con su ilusión a cuestas, con la sabia sombra de su padre a la espalda. Acaso lo recuerdo más como el ser humano que fue, sin olvidarme de su enorme valía como torero.