imagotipo

Solo para Villamelones – Habemus maestro

  • Manuel Naredo

Antonio Ferrera se llama, y aunque nació en tierras baleares, se crió en las de Badajoz, donde se empezó a hacer torero, profesión en la que se doctoró en Olivenza, a principios de marzo de 1997.

A lo largo de su carrera como matador de toros, de ya dos décadas, Ferrera ha dado muestras de calidad, lo mismo en Sevilla, donde alcanzó triunfos importantísimos, como en Madrid, donde fue considerado triunfador de la edición 2013 de la isidriada. Un percance, sin embargo, lo apartó de los ruedos en el 2015.

Pero Ferrera está de vuelta. Y de manera inmejorable, impecable, trascendente.

Primero fue en Sevilla, en el ruedo de la Real Maestranza de Caballería, el escenario donde bordaría una gran faena, alcanzando un triunfo rotundo y sólido. Y luego vendría Madrid, en un festejo con alternantes con los que comparte el ejercicio del segundo tercio, un encierro de Las Ramblas que dejó mucho que desear en cuanto a desempeño, y donde aparecería, en quinto lugar, un toro colorado de nombre Traslúcido, que nunca se prestó a humillar.

Las crónicas de los hechos de aquella tarde, apenas hace unos días, se unifican en lo esencial del trabajo de Ferrera: una faena inteligente, donde el torero dio cátedra de colocación, de conocimiento de distancias y de dominio de las alturas. Una faena, en fin, de maestro de tauromaquia.

Se trató, efectivamente, de una faena memorable, pese a las condiciones de un burel que siempre fue a la muleta con la cabeza alta, donde el diestro se colocó en la distancia justa, dominando la técnica, llevando al toro a media altura, dando equilibrio a cada uno de los trazos que realizó con el engaño.

Una faena pues, magistral, que dejó al exigente público de Las Ventas, primero con la boca abierta, y luego con la convicción de que contábamos, en la amplia baraja taurina del momento, con un nuevo catedrático de este arte donde, por desgracia, los registros de las faenas de sus actuales oficiantes no suelen tener demasiadas diferencias.

Con el capote le había pegado un par de excelentes verónicas al de Las Ramblas, y dos medias catalogadas como extraordinarias, para luego iniciar la faena de muleta con pases por alto de los tercios a los medios, y continuar con tandas de hondos naturales y redondos con la derecha, que adornó con elegantes cambios de mano. La estocada no fue perfecta, y eso motivó a la autoridad a otorgar sólo una oreja y recibir una bronca mayúscula y popular por pichicatear la segunda.

“El latido de la inteligencia torera en la comprensión de las alturas”, definiría Zabala de la Serna, en el diario El Mundo, la labor del torero, mientras que Antonio Lorca, en El País, aseguraría: “Fue la lección de un torero en plena madurez, con un exacto sentido de los terrenos, las distancias y la colocación”.

“Un torero nuevo, clásico y macerado por el tiempo… Un maestro, un diestro transfigurado”, insistiría Lorca sobre Ferrera; “la torería añeja y el temple dormido en las muñecas”, sostendría Zabala.

Para Paco Aguado, otro de los críticos taurinos que han hecho alusión al trabajo lidiador de Ferrera en Madrid, el torero llevó a la práctica la verdadera esencia de la lidia moderna, optimizando las virtudes de un toro, por escasas que sean, y relativizando sus defectos, siempre que no sean irresolubles. Y es que el toro efectivamente carecía de las características deseadas para librar con éxito una faena destacada, y el torero supo trazar con él muletazos a media altura de enorme profundidad, dando clase de colocación, temple y técnica.

Antonio Ferrera confirmó su alternativa en la Monumental Plaza México en noviembre del 2002, una tarde en que dejó escapar el triunfo con la espada y alternaba con Miguel Espinosa y Leopoldo Casasola. Desde entonces poco ha podido ser apreciado en nuestro país. Este es el mejor momento para hacerlo.

Habemus maestro.